ACTO DE HOMENAJE AL PBRO. JULIO C. ELIZAGA EN CONMEMORACIÓN DE SUS 50 AÑOS DE ORDENACIÓN SACERDOTAL

Celebrado el 9 de setiembre de 2008

 

Área Legislativa - Departamento de Taquígrafos

 

 

 

SEÑOR PRESIDENTE (Gastón Silva).- Buenas tardes a todas y a todos los presentes en la Junta Departamental de Montevideo, el Parlamento de la ciudad capital.

 

(Es la hora 15:09)

 

______Hoy tenemos la alegría de iniciar una sesión de homenaje al Presbítero Julio César Elizaga, quien ha realizado una investigación religiosa no desde el punto de vista crítico, sino desde el conocimiento, lo que le ha merecido el respeto de pastores y religiosos de otras religiones e iglesias.

            Más allá de su reconocida labor como párroco en la Parroquia de Belén y la misa carismática, este es un ser social preocupado por llevar su experiencia a cada rincón de su ciudad y mantener una posición más que preocupada, comprometida con todos los hechos históricos que debió atravesar nuestro país. Ha trascendido las paredes de la iglesia, desde La Teja hasta Carrasco, siempre trabajando con su comunidad y para la comunidad.

            Decía alguna vez el Presbítero Elizaga: “Hermanos: recordemos lo que nos ha dicho el Señor con su palabra: ‘Ustedes no me eligieron a mí, sino que yo los elegí a ustedes’”.

            Actualmente, su parroquia cuenta con una policlínica, un consultorio jurídico, un hogar para mujeres en situación de calle, un merendero para alrededor de 130 niños y un club infantil en conjunto con el INAU. Asimismo, se está comenzando a implementar un plan, conjuntamente con el Ministerio de Desarrollo Social, cuyo objetivo será fomentar el cooperativismo, para ayudar a personas sin preparación.

            Desde este Legislativo se ha apuntado a reconocer a los ciudadanos y a las ciudadanas que con su esfuerzo han entregado mucho a la sociedad, desde lo cultural, desde lo social, desde lo deportivo, desde lo político.

Es por eso que hoy, en sus 50 años de sacerdocio, queremos compartir con él este pequeño reconocimiento; a través de la Junta Departamental, queremos hacerle llegar el reconocimiento de todos los vecinos y las vecinas de Montevideo a su dedicación y a su compromiso, no sólo con su iglesia, sino también con su pueblo.

Muchísimas gracias por estar aquí presente esta tarde.

Queremos también saludar a quien lo acompaña, el Vicario Episcopal de Monseñor Cotugno, Milton Trócoli, y demás autoridades eclesiásticas.

Tiene la palabra el señor Secretario General a efectos de dar lectura a unos saludos que hemos recibido.

 

SEÑOR SECRETARIO GENERAL (Alejandro Sánchez).- El primero de ellos dice así:

“Montevideo, 9 de setiembre de 2008.

            “Señores Integrantes de la Junta Departamental de Montevideo.

            “Presente.

            “De nuestra mayor consideración:

            “Con motivo del homenaje que en la fecha realizan al Pbro. Julio C. Elizaga en conmemoración de sus 50 años de Ordenación Sacerdotal, hago llegar a Ud. y demás integrantes de esa Corporación mi más sincera adhesión al mismo.

            “Lamentablemente, compromisos ineludibles contraídos con anterioridad me impiden acompañarlos como hubiese sido mi deseo, pero creo imprescindible trasmitir a Uds., a través de estas líneas, mi convicción de que la obra del Padre Elizaga, ampliamente conocida por todos es, sin lugar a dudas, merecedora de toda nuestra admiración y respeto.

            “Reciban Uds. mis más cordiales saludos y mejores augurios, que agradezco hagan extensivos al Pbro. Julio C. Elizaga.”

Está firmado por el doctor Jorge Larrañaga, Presidente del Honorable Directorio del Partido Nacional.

 

(Aplausos)

 

______El siguiente saludo dice lo siguiente: “El Senador de la República Sr. Gustavo J. Lapaz saluda a la Junta Departamental de Montevideo y estima la invitación al acto de homenaje al Pbro. Julio C. Elizaga conmemorando el 50º aniversario de su Ordenación Sacerdotal”.

 

(Aplausos)

 

______Por último, ha llegado un saludo del señor Embajador en la Santa Sede, profesor Mario Cayota, que dice así: “A través de la gentil comunicación del Edil Jorge Morandeira, he recibido la noticia del homenaje que la Junta Departamental de Montevideo le brindará al Pbro. Julio Elizaga en el día de hoy. Me adhiero con entusiasmo a tan acertado y justo homenaje de los señores Ediles.

            “El Pbro. Elizaga ha sabido unir a su profunda vivencia religiosa una militante y constante labor de promoción a favor del prójimo, particularmente de los más necesitados. De este modo ha trascendido la esfera meramente eclesial, razón por la cual merece el reconocimiento de toda la comunidad por la que tan esforzadamente trabaja.

            “Desde Roma, Julio, y esperando tu visita, recibe un muy cordial y fraterno abrazo, con augurios de paz y bien.

            “Mario Cayota”.

 

(Aplausos)

 

SEÑOR PRESIDENTE (G. Silva).- Tiene la palabra el señor Edil Carlos Iafigliola.

 

SEÑOR IAFIGLIOLA.- Muchas gracias, señor Presidente.

            Padre Julio Elizaga, homenajeado de la Junta Departamental en el día de hoy; Vicario Milton Trócoli, Sacerdotes, Diáconos, Pastores evangélicos, que hoy nos acompañan; Vicepresidente de la Unión Cívica, doctor Carlos Álvarez Cossi; amigos del Padre Elizaga que lo acompañan en este homenaje: tengan todos la más cálida bienvenida. Quizá para muchos esta sea la primera vez que visitan esta Junta Departamental de Montevideo, y queremos darles la mayor de las bienvenidas.

            El 22 de abril de este año, señor Presidente, nosotros tuvimos la dicha de participar en la Parroquia de Belén en una gran fiesta, en un acontecimiento muy importante: los 50 años de ordenación sacerdotal del Padre Elizaga. Fue una gran celebración; estuvo multitudinariamente acompañado por Sacerdotes, por Pastores, por mucha gente que lo quiere desde hace muchos años. Ese día sentimos la necesidad, la obligación, de dar un paso en nuestra condición de Ediles Departamentales y vinimos aquí, a la Junta Departamental, con una propuesta. Lo primero que hicimos fue trasladar dicha propuesta al seno de nuestro partido, el Partido Nacional; y quiero agradecerles a los compañeros del Partido Nacional, porque desde el primer momento acompañaron calurosamente este homenaje. En segundo lugar, llevamos la propuesta a la Comisión de Derechos Humanos, que preside el Edil Carlos Tutzó, y nuevamente los compañeros que integran dicha Comisión ‑compañeros de todos los partidos políticos‑ acompañaron esta iniciativa de homenaje. Después vino al Pleno y pasó exactamente lo mismo: nuevamente este homenaje fue aprobado. Quiero agradecer al Frente Amplio por haber acompañado esta iniciativa y también al Partido Colorado por haberla acompañado calurosamente. Esa iniciativa hoy se ha convertido en una realidad.

Hoy estamos, creo que muy merecidamente, haciéndole un homenaje al Padre Julio César Elizaga, para muchos de nosotros pastor, pero también amigo. Me parece que es bueno, señor Presidente, que estos homenajes podamos hacerlos en vida. ¡Qué bueno es tenerlo hoy aquí, Padre Elizaga, entre nosotros y que pueda recibir el caluroso homenaje de esta Junta Departamental en pleno!

Señor Presidente, señores Ediles: nosotros, para hablar del Padre Elizaga, a quien conocemos desde hace muchísimos años ‑cerca de 27‑, no necesitaríamos papeles. Pero creímos que para no errarle en ningún dato, sobre todo en lo que tiene que ver con sus vivencias, era necesario que tomara como referente al propio libro que el Padre Elizaga escribió: “Memorias de un cura”. Todos aquellos que tuvimos la oportunidad de leerlo sabemos muy bien que de alguna manera en él está concentrada la historia del Padre Elizaga, con una cantidad innumerables de anécdotas. A aquellos que no lo leyeron nunca, se los recomiendo; está muy bueno. Este es el mío y se lo puedo prestar a algún Edil si lo quiere. De verdad, uno ahí puede ver la infinidad de características, de actividades, de lugares que visitó, que acompañó y que apoyó el Padre Elizaga.

Queremos empezar, señor Presidente, hablando de la infancia del Padre Elizaga, quien nació en el barrio Reducto en el año 1929. ¡Y qué mejor que leer algunas de las cosas que en este libro el propio Padre Elizaga dice!            

“Recuerdos de infancia. En Montevideo, el 15 de mayo de 1929, como casi todos los niños en esa época, vine al mundo en mi casa, en la calle Bella Vista casi General Flores a una cuadra de bulevar Artigas. Fui el tercero de cuatro hermanos: dos mujeres y dos varones.

“Mis padres se llamaban Juan Elizaga y Elvira Fuentes. Con ellos y mis hermanos Walter, Dalia y Violeta transcurrieron los años felices de la infancia y de la adolescencia en un hogar donde reinó el amor y el respeto”.

Y sigue diciendo en esta primera parte: “Siempre” ‑se refería a su papá‑ “me trató con afecto y respeto para que yo aprendiera a respetar y a sentirme seguro y responsable. Nunca me dio todo hecho y sin esfuerzo. Con el propósito de que aprendiera a asumir pequeñas responsabilidades, y a descubrir por mí mismo el valor de cada una de las cosas, me enseñó a decidir y a obrar por iniciativa propia, y cuando me exigía determinados comportamientos me explicaba las razones que lo motivaban.

“De mi madre” ‑dice el padre Elizaga‑ “guardo profundamente grabados en mi corazón su dulce voz y sus hermosos ojos negros. Ella fue quien me acunó y me crió con todo su amor y abnegación, y sobre todas las cosas fue el centro de un hogar cálido y hospitalario, donde se respiraba una atmósfera de paz, de respeto, de confianza y de afecto. Su amor era paciente y perseverante; siempre encontré en ella el refugio en mis momentos de adversidad. Su palabra oportuna y el consejo desinteresado me ayudaron a desarrollar y a consolidar y mi espíritu de libertad y de iniciativa”.

            También refiriéndose a parte de su vida, a su niñez, dice en uno de sus párrafos ‑la verdad es que tiene una cantidad de anécdotas muy ricas‑: “En la casa había una gran radio en la que escuchábamos Montecarlo, Carve y El Espectador, las tres primeras radiodifusoras de nuestro país; y a veces se encendía para escuchar programas musicales en los que se irradiaban canciones grabadas en discos de pasta de 78 r/m y otras veces en vivo y en directo, como cuando Carlos Gardel cantó en la fonoplatea de radio Carve en 1933”.

            Termino esta parte vinculada a su infancia citando lo que él mismo dijo: “Desde que mi memoria lo permite tengo presente el retrato de Gardel, vestido de gaucho con su guitarra, siempre sonriente, en el dormitorio de mi hermano mayor. Gardel, desde sus tangos y canciones acompañó mi infancia y mi juventud. Siempre admiré su prístina voz cuando interpretaba El día que me quieras o Volver, Cuesta abajo, Mano a mano, Volvió una noche y Sus ojos se cerraron.

“En aquellos años vivía yo mi joven vida y se podía decir que era: como un sol de primavera / de esperanza y de pasión. / Sabía que en el mundo no cabía / toda la humilde alegría / de mi pobre corazón”.

            Empieza la vida del homenajeado, señor Presidente, el Padre Elizaga ‑ahí veíamos parte de su niñez‑, y entra en la adolescencia, en una “adolescencia intensa”, como él mismo la califica. En su libro relata lo siguiente: “Era hermoso estar con mis padres y hermanos juntos en las frías noches de invierno, sentados en torno al fuego, entretenidos en tertulias familiares. Durante mis años de liceo y preparatorios el medio de transporte era el tranvía, con sus cómodos asientos y grandes ventanillas. Pronto, al igual que otros muchachos, aprendí a bajarme con el vehículo en marcha”, decía el Padre.

Más adelante manifiesta: “Desde mi adolescencia comencé a leer diariamente la Tribuna Popular al mediodía, y por la noche El Diario, como se acostumbraba en casa. Iba de cuando en cuando al Estadio Centenario para disfrutar con los grandes clásicos; conocí personalmente a míticos jugadores de nuestro fútbol como Aníbal Ciocca, Tejera, Roberto Porta, Atilio García, así como al boxeador Dogomar Martínez…”.

            Una referencia más, señor Presidente, a todo aquel tiempo de juventud del Padre Elizaga es el amor que tuvo y que sigue teniendo ‑nos consta‑ por esa gran expresión popular que es el Carnaval. El Padre dice en su libro: “Siempre me atrapó el carnaval. (…)  Entre los carros alegóricos que desfilaban siempre se destacaba el de El Chaná por su música y sus colores…” ‑ahora está fuera de concurso, decimos todos‑ “Solía también concurrir a los tablados, especialmente al Astral, ubicado en General Flores y Municipio, donde pude ver varios años la brillante actuación de las murgas Los Patos Cabreros, Asaltantes con Patente, Araca La Cana, los Saltimbanquis, y el grupo revisteril Circo de Momo, dirigido por Carmelo Imperio. Pero lo que más me gustaba” ‑en eso estamos totalmente de acuerdo con usted‑ “era el desfile de las Llamadas por las calles de los barrios Sur y Palermo con su tradición colonial”.

            Esto que relaté, señor Presidente, fue el comienzo de la vida de Elizaga, su infancia, su adolescencia, su juventud.

            Con 20 años entra al Seminario y ocho años después, el 22 de abril de 1958, es ordenado sacerdote en la Catedral de San José. Quisiera hacer simplemente una referencia al momento de su ordenación sacerdotal, que él mismo recoge, y es importante porque va pintando de alguna manera al hombre que hoy homenajeamos.

            “Con plena seguridad de sentirme llamado por el Señor,” ‑decía‑ “sin ningún titubeo me preparé para mi ordenación sacerdotal, realizando una semana de ejercicios espirituales en la Parroquia del Perpetuo Socorro de los Padres Redentoristas.

            “Debido a la enfermedad de Monseñor Barbieri, con su permiso fui ordenado por Monseñor Luis Baccino en la ciudad de San José”.

            Y dice en la última parte de este relato: “Finalizada la misa, impartí la bendición sacerdotal al resto de los presentes. Al llegar a Montevideo, seguido por una larga hilera de coches que me acompañó desde San José, fui escoltado desde Simón Martínez por una gran caravana de feligreses de La Teja que en motonetas, bicicletas y hasta un coche parlante me condujeron por Carlos María Ramírez, dieron una vuelta en torno de la plaza y me bajaron en la puerta de la parroquia. Allí se había congregado una gran multitud de fieles y personas del barrio que con grandes pancartas esperaban al novel sacerdote de Cristo. A todos los que se habían congregado impartí mi bendición sacerdotal y luego fui cariñosamente agasajado por toda la comunidad parroquial”.

Señor Presidente: luego de esta efervescencia de los primeros tiempos del Padre Elizaga‑culminaba recién mi relato hablando de su ordenación sacerdotal, algo tan importante en su vida y, por supuesto, en la vida de quienes lo conocemos‑ despertaban ya sus primeras inquietudes por todo lo que tenía que ver con lo social, con el apoyo a la comunidad, con el apoyo a los más necesitados. Y de este relato de su vida y obra que vengo leyendo yo tomo algunos momentos, entre ellos, el que le tocó vivir en la Colonia Etchepare.

Al respecto respecto, decía el Padre Elizaga en su libro: “Una mañana de 1955, (…) me trasladé a la Colonia Etchepare, donde me esperaba su director, el doctor Omar Castro.

            “No era un mundo desconocido con el cual me iba a encontrar, pues ya había tenido un primer contacto en ocasión de visitar el antiguo Hospital Vilardebó, donde había visto enfermos psiquiátricos, algunos tranquilos que no hablaban con nadie, otros entre rejas y otros sujetos por una cadena a la cintura”.

            Dice más adelante: “Estas experiencias me impactaron profundamente, al ver la desolación y el sufrimiento de personas que alguna vez en su vida disfrutaron de buena salud y de la compañía de su familia y amigos”.

            Más adelante, señor Presidente, haré una pequeña referencia a lo que de alguna manera terminó siendo también uno de sus primeros pasos: el pasaje por la Colonia Berro. Antes quiero referirme a su primera parroquia, la Parroquia de La Teja, donde fue Capellán de los Scouts, trabajó con los presos de las cárceles de Miguelete y Punta Carretas ‑junto con el Padre López García‑ y fue Capellán del Cementerio de La Teja. Fue además Director de un colegio que iba más allá de lo espiritual, señor Presidente ‑y esto es algo que hemos visto a lo largo de toda su vida‑, un colegio en el que se concentraban padres, vecinos, etcétera, y donde el Padre Elizaga tenía oportunidad de asistir y acompañar a todos los que lo necesitaban.

            Un poco más adelante, en el año ’59, va a su segundo lugar, su segunda casa: la Parroquia Stella Maris de Carrasco. Allí, junto con el Padre Ponce trabajó en los primeros tiempos vinculado a la educación, impartiendo en algunos liceos clases de Historia Nacional, de Sociología, de Cultura Religiosa.

            Pero a partir de la experiencia del Stella Maris surge algo que me parece bueno marcar, señor Presidente: su experiencia en la actual Colonia Berro; me parece que es un tema no menor y, además, de actualidad. En el capítulo titulado “Con los jóvenes de la Colonia Berro” el Padre Elizaga dice: “Una de las actividades que comenzó el padre Ponce de León fue su visita y posterior trabajo en la Colonia Suárez, posteriormente llamada Pedro Berro, lugar de detención de los infractores menores de edad. Muchas veces lo acompañé en su preocupación por estos muchachos y poco a poco me fui involucrando. La Colonia dejaba mucho que desear en el aspecto moral y en el respeto de los derechos humanos, ya que los internados eran cuidados por agentes con perros, e incluso se los hacía correr cuando se portaban mal y se los castigaba con látigos de goma”. Más adelante dice: “Cuántos esfuerzos hizo el padre Ponce de León por esos muchachos, cuántas desilusiones sufrió, cuántas veces lo vi llorar...”.

            En este libro el Padre Elizaga cuenta una anécdota que quería traer a Sala, señor Presidente, porque por ella, aquellos que lo conocemos decimos: esto lo pinta al Padre tal cual es. Dice así: “Una vez, un adolescente me arrojó un adoquín que casi me pega en la cabeza, pero al ver mi reacción me pidió perdón. Luego fuimos a la playa, bromeando por lo que había pasado y jugando le hundí varias veces la cabeza bajo el agua”.

 

(Hilaridad)

 

______Este muchacho, evidentemente, no se olvida más de ese momento.

            Continúa diciendo el Padre: “Con el paso del tiempo algunos lentamente fueron tomando el camino del bien y de la superación personal”.

Respecto a su experiencia en la Colonia Berro sigue diciendo “La experiencia me demostró que los problemas familiares, la falta de amor y de cariño en la infancia repercuten negativamente perturbando la personalidad y gestando una agresividad difícil de controlar. Es que necesariamente se requiere que el hogar sea un refugio de paz y afecto en el que reinen el amor y la armonía para que los hijos puedan crecer sanos de alma y mente”.

            Señor Presidente: el Padre Elizaga deja luego esa querida experiencia en la Parroquia Stella Maris y entra en su morada actual, ubicada en un barrio trabajador, muy humilde. Lleva nada menos que 45 años al frente de la Comunidad de Belén, en Malvín Norte. Nosotros conocemos muy bien esta historia. Me gustaría, Presidente, hacer referencia simplemente a cómo él cuenta, en su libro, sus comienzos como cura párroco de Belén, en Malvín Norte.

            “El 29 de setiembre de 1963” ‑estamos a pocos días de conmemorarse 45 años‑ “fui nombrado por el cardenal Barbieri primer cura párroco de la nueva parroquia de Belén en Malvín Norte. (…) Los comienzos fueron difíciles, pues cuando llegué no tenía siquiera una pieza ni un terreno donde poder edificar y el barrio no estaba acostumbrado a la presencia de un cura. Disponía sólo del templo. Con ayuda de algunos vecinos construimos una pequeña pieza  junto al presbiterio, la que me sirvió de escritorio, dormitorio y consultorio pastoral.

“Allí viví solo, sin teléfono y sin rejas en las ventanas, en un barrio muy oscuro pues no había ninguna luz en las calles. Con la ayuda de Dios comencé con la preparación de niños para la primera comunión, y los primeros bautismos y casamientos. (...)

“Visitaba a los enfermos y oraba por los difuntos en los velatorios y entierros. (...) Cada año, al atardecer, recorríamos todo el barrio con la imagen de la Virgen”.

            Al que no leyó este libro le recomiendo que lo haga, porque está muy bueno.

“Para solemnizar la primera Navidad” ‑cuenta el padre Elizaga‑ “el gerente de la empresa Philips me prestó un pequeño amplificador con micrófono y dos parlantes. Fue todo un suceso, pues pudimos transmitir hacia la calle los villancicos navideños dos horas antes de la misa. Me sentí tan contento con el equipo de amplificación que pedí para regresarlo después de la celebración de Año Nuevo, de Epifanía,” ‑si será importante hasta hoy el tema de la amplificación para el Padre Elizaga, y quienes lo conocemos sabemos que es así; anda Daniel Villar en la vuelta‑ “y recibí una carta del gerente de Philips diciéndome que ante mi retraso en devolverlo el directorio optaba por regalármelo”.

 

(Hilaridad - Aplausos)

 

______Señor Presidente: en esta Parroquia de Belén, en este barrio de Malvín Norte, el Padre Elizaga y su comunidad de Belén son parte vital y el barrio sabe que es así: es parte de la historia viva del barrio Malvín Norte. Fue a través del esfuerzo de los vecinos del barrio, comandados por el Padre Elizaga, que se lograron infinidad de cosas en ese barrio. Antes no estaba el Presupuesto Participativo, pero estaba ‑como también lo está hoy‑ la iniciativa de los vecinos y de las organizaciones sociales de los barrios. Entre otras cosas, llevó adelante la apertura y la iluminación de las calles Zaragoza y Mataojo; levantó la policlínica médica, el consultorio jurídico, y durante años atendió a los enfermos terminales en el Pereyra Rossell; todas éstas fueron tareas salidas también desde su parroquia. También atendió a los discapacitados de la zona; levantó un hogar para mujeres en situación de calle; abrió y fue Director responsable durante 30 años del Colegio Parroquial de Cristo Salvador, etcétera. Muchas de estas actividades, señor Presidente, al día de hoy permanecen. También, más adelante en el tiempo, levantó la Capilla de la Resurrección, en la zona de Euskal Erría, que desde hace ya largos años tiene un merendero para los niños de la calle Roberto Berro, junto a los asentamientos. En la parroquia abrió un club del INAU, con 42 niños de la zona. Ha organizado infinidad de reuniones barriales para discutir temas que hacen a la convivencia. La última que recordamos ‑y usted la debe de recordar, señor Presidente, porque gracias a su gestión pudimos hacer que el ex Ministro del Interior José Díaz y el ex Subsecretario Faroppa concurrieran‑ fue la reunión sobre el tema seguridad en Malvín Norte, en la Parroquia de Belén. Ha promovido desde hace tiempo a la gente del barrio a través de varias actividades, pero en los últimos tiempos a través del Ministerio de Desarrollo.

            Señor Presidente: en la vida del Padre Elizaga hubo otras actividades que no necesariamente estuvieron restringidas al barrio de Malvín Norte. Yo, simplemente, voy a contar algunas.

Escribió un folleto y dio varias charlas ‑a muchos les consta‑ acerca de la Secta Moon. Invitado por el general Seregni, dio una charla a la cúpula del Frente Amplio sobre el mismo tema. Ni que hablar que esto le trajo problemas, ya que tuvo que comparecer ante un juez acusado por la Secta Moon.

Ha sido un gran estudioso de la historia. Fue nombrado por el Papa Juan Pablo II como consultor de la Santa Sede para el Diálogo Interreligioso y Ecumenismo; esto lo hizo durante diez años. Escribió libros ‑usted los nombraba, señor Presidente: “Las sectas y nuevas religiones a la conquista del Uruguay”, con seis ediciones; “María a la luz de la Biblia y de la historia”, editado en Argentina, y éste, “Memorias de un cura”, editado en España, que estuvo entre los dos más requeridos.

Otra faceta, señor Presidente, de quien hoy estamos homenajeando merecidamente, tiene que ver con algo que es muy caro a nuestro país, de lo que varias veces en este reciento, en esta Junta Departamental, hemos conversado y discutido: el tema de la pérdida de las libertades. El padre Elizaga, durante la época de la dictadura, tuvo una participación que le hizo pasar algunas dificultades a él y a su comunidad. Acudió varias veces a la fiscalía militar interesándose por la suerte de algunos detenidos. En otras oportunidades la parroquia fue rodeada por el ejército y luego allanada. Las patrullas policiales pasaban con frecuencia a la hora de la misa y se llevaban a los jóvenes y a los hombres, aun cuando tenían sus documentos. También fue detenido junto con varios feligreses e interrogados en la Jefatura, y fue allanada nuevamente la parroquia.

Quiero leer, señor Presidente una parte de su relato en este libro, cuyo título es: “Detenido por el ejército”, haciendo referencia a ese momento tan difícil que nos tocó vivir a todos, pero a él, en particular, en esa zona.

“De los difíciles años setenta recuerdo un suceso ocurrido en 1974 a pocas cuadras de la parroquia.

“En una casa de la calle Pedro Cosio estábamos en una reunión de comunidad con un grupo de treinta jóvenes que cantaban acompañados de guitarras y panderetas, a quienes luego yo les explicaba la Biblia. Pienso que la alegría de estos jóvenes no era tan silenciosa, y por ello aconteció todo.

“Comenzada la reunión, alguien se percató de un movimiento poco usual a esa hora en el barrio y ante la incredulidad de todos la casa fue cercada por soldados fuertemente armados. No dudé en hacerme cargo de la situación y salí a la puerta de calle presentándome como el cura párroco de Belén. Me exigieron la documentación, que revisaron minuciosamente, y me hicieron acercar a uno de los carros militares. Escuché que por radio informaban que me habían encontrado junto con otras personas en una reunión.

“‘Entendido, procedo de inmediato’, finalizó el soldado y concretó la orden: llevarnos a todos a la seccional policial Nº 14, en el Parque Rivera.” Sigue el relato: “Procuré llevar tranquilidad a los jóvenes manteniendo mi semblante serio pero sin indicios de preocupación. ¿Ocultábamos acaso algo fuera de la ley? No. En consecuencia haría pesar toda la autoridad que un inocente puede tener. Una vez que llegamos a la seccional me hicieron pasar al despacho del comisario, donde me comunicaron que vendrían de Jefatura para un interrogatorio y al resto de los jóvenes se los ubicó en diferentes celdas. Antes de separarnos les dije: ‘Guarden la calma, no se olviden lo que Jesús nos dice en la Biblia: Felices los perseguidos por predicar la Justicia’. Recuerdo que tomaron esa frase con tanta alegría que al poco rato de estar encarcelados comenzaron a cantar ‘Alabaré, alabaré a mi Señor’ (...)”. Nos consta que esto es así, porque a quienes estamos con el Padre nos ha transmitido desde siempre estos valores.

            Sigue el relato: “Mucho me alegró escucharlos, pero imaginé lo que me esperaba.

“El policía de Jefatura llegó finalmente, y sin saludarme, con gesto duro y malhumorado, me preguntó: ‘¿Qué clase de sacerdote es usted?’. Sin enternecerme ni asustarme, mantuve mis ojos en los suyos y le contesté: ‘Sacerdote católico del clero secular, ¿esto lo entiende?’, mientras se oían otros cánticos de la muchachada.

“‘No es eso lo que le pregunto, sino ¿qué predica usted?’ Creo que nunca tuve poder de reacción tan rápido como en esa situación, y mostrándole la Biblia le dije: ‘Yo predico a Cristo’.

            “El interrogatorio continuaba, al menos de su parte. ‘¿Pidió usted permiso para hacer reuniones?’ Si los muchachos seguían cantando confiados en la protección de Dios, consideré que su párroco no podía dejar de dar el mismo testimonio.”

            Termino este momento, señor Presidente diciendo otra parte de su relato: “El policía, a pesar de su insistencia y severidad, no conseguía nada de lo que quería saber. ‘Usted se está buscando dificultades’. Le respondí enseguida: ‘Jesús nos dice en el Evangelio que si le persiguieron a Él, también nos perseguirán a nosotros’”.

            Señor Presidente: hemos intentado brevemente ‑y le confieso que súper brevemente‑ con estos relatos de la vida del Padre Elizaga, con su misma escritura, mostrar una vida muy rica, muy pesada, de mucho trabajo; hemos tratado de sintetizarla en pocos minutos, y quedan muchas cosas por decir.

            Cuando uno ve la historia del Padre Elizaga, cuando uno tiene oportunidad de releer libros como éste, de escuchar sus anécdotas ‑muchas las hemos escuchado muchos de nosotros personalmente‑, se da cuenta de que no hay nada más merecido que el homenaje del día de hoy.

            Ahora sí me quiero dirigir a usted, Padre Elizaga. Usted sabe que nos conocemos desde hace mucho tiempo; hace exactamente 27 años que lo conocemos y que hemos visto su esfuerzo, su trabajo en la parroquia, en la Comunidad, en el barrio y más allá del barrio. Se lo reconocemos todos a nivel de los temas educativos, culturales, sociales, pero sobre todo, para muchos de nosotros, en el plano espiritual.

            Padre: hace 27 años ‑y éste es simplemente mi testimonio, pero habría cientos, miles de testimonios más‑ usted me sacudió, me mostró el camino, recuperé mi fe y empecé en la senda del Señor. Cuando digo “me sacudió”, para los que no lo conocen, aclaro que me sacudió de verdad; está Gerardo por allá y él sabe que cuando sacude, sacude.

            De la querida Comunidad de Belén hoy nos acompañan muchísimos hermanos y amigos. Si estará ligada la historia de la Comunidad y la historia del Padre Elizaga con nuestra vida, que un tiempito más adelante conocí en su Comunidad de Belén a Ani, a la que hoy es mi esposa. Tuvimos nuestras hijas, Mariana y Noelia, que andan por acá; no les queda otra que militar y acompañar al padre. Ellas fueron bautizadas, tomaron la comunión y la confirmación. Mi familia está ligada muy fuertemente a usted, Padre Elizaga, y a la Comunidad de Belén. Hemos tenido experiencias personales de todo tipo. Yo cuento una, simplemente, porque es bueno que la conozcan todos.

Cuando uno está en momentos difíciles de la vida, que todos los tenemos ‑todos, sin excepción‑, espera siempre que un amigo o un familiar lo llame, se preocupe y vea qué le está pasando. A veces no es tan fácil que aparezcan esos amigos. Yo doy el testimonio acá de que si hay alguien que nunca se olvidó de llamarme en los momentos más difíciles de mi vida, ese fue el Padre Elizaga. Por eso, Padre, más allá de su referencia como pastor, usted sabe bien que lo quiero como amigo. Pero también, ¿sabe qué?: usted es responsable de que yo esté hoy acá, porque, al igual que muchos jóvenes, en algún momento nos planteamos distintas inquietudes. En mi caso personal, tenía varias; entre otras, como algunos jóvenes de aquellos tiempos, la vocación sacerdotal. Pero, lentamente, en oración y con la asistencia y la guía del Padre, fuimos descubriendo que teníamos otro camino que recorrer, que teníamos que ser instrumentos de Cristo pero en otras áreas de la sociedad. Lentamente y con su asistencia, Padre, empezamos a dar los primeros pasos en la militancia gremial universitaria y luego en la militancia social y en la militancia política. Por eso digo que usted es responsable de que yo esté hoy acá: porque sembró en mí muchas cosas en aquellos tiempos, y sigue haciéndolo diariamente. ¡Y vaya si nos da tirones de orejas para que no nos apartemos del camino de Cristo y para que podamos, en el ámbito donde estemos ‑en este caso, en la política‑, seguir siendo testigos de la fe!

            Señor Presidente, señores Ediles: nosotros sentimos que este es un homenaje bien merecido, como lo han sido otros que esta Junta Departamental ha realizado y como seguramente lo serán algunos de los que votaremos en el futuro. Pero, en lo personal, no me voy a olvidar jamás de este homenaje, que fue respaldado por todos los compañeros de la Junta, por todos los partidos, que yo siento muy profundamente.

            Antes de decir mis palabras finales, no me quiero olvidar, señor Presidente, de agradecer a todos los funcionarios de esta Junta Departamental, que también, desde que se planteó este homenaje y se empezó a coordinar, nos han ayudado, nos han dado su apoyo incondicional para que fuera llevado a cabo. Fueron varios, pero, sobre todo, los de la Unidad de Relaciones Públicas.

            Quiero terminar, señor Presidente, con algo que el Padre dijo al comienzo de este libro en un momento en que quizá no estaba con todas las pilas puestas. Muchos de los que estamos cerca de él sabemos que tiene esos momentos, porque como dicen algunas de las canciones que cantamos en la parroquia, sabemos que también sufre, que también siente. Él decía: “Dice la Biblia que ‘la vida del hombre es como la estela que deja el barco en el mar, como la bruma que se disipa en el viento, como el recuerdo de un huésped que va de paso y sólo se detiene un día’”. Nosotros le decimos a usted, Padre Elizaga, que estamos seguros, que estamos convencidos, y en mi caso personal en la presencia de Dios, de que su obra, de que su vida va a dejar una estela, una huella muy profunda en nuestra comunidad y en nuestra patria.

            Yo, simplemente, quiero decirle: ¡gracias, Padre!, en mi nombre, en el de mi familia,  en el de toda la Comunidad de Belén y en nombre de todos los que lo conocemos y lo queremos por todo lo que ha hecho por nosotros. ¡Felicidades ‑de nuevo‑ por su 50º aniversario!

            Me voy a despedir, no como a veces lo hago en nuestra Comunidad de Belén, sino con una frase distinta: ¡salud, amigo!

 

(Aplausos)

 

SEÑOR PRESIDENTE (G. Silva).- Le decimos al Padre Elizaga que estamos poniendo a prueba lo que suponemos es una de sus dotes: la paciencia.

            Tiene la palabra el Edil Dari Mendiondo.

 

SEÑOR MENDIONDO.- Señor Presidente, señores Ediles, señoras y señores presentes en Sala, Padre Elizaga: en realidad, esta exégesis, este homenaje que le ha hecho el señor Edil Iafigliola refleja nada más ni nada menos que el perfil de una personalidad; una personalidad que ha fundido su vida con una concepción religiosa, con una práctica religiosa. Evidentemente nos encontramos ante un hombre excepcional, de esos uruguayos que con su vestidura religiosa generan espiritualidad, pero también obras.

Sin la menor duda vemos que el camino de la Iglesia continúa apegado a los más humildes, apegado al pueblo y, en el caso particular de nuestro país, a aquellas personalidades que han predicado, además de lo religioso, la paz social y las soluciones para los uruguayos más sufridos de este país.

            Yo tengo en mi mente la inspiración de hombres religiosos, laicos, masones, sin religión, agnósticos y gnósticos, que siempre de una u otra manera han contribuido a forjar este país, a forjar nuestra historia y nuestro Uruguay. Pero, en materia religiosa, particularmente en torno a la Iglesia Católica Apostólica Romana, cabe reconocer la inmensa personalidad del Padre Carlos Parteli, cura de la Iglesia de Rivera y luego de Tacuarembó; posteriormente Obispo y luego Arzobispo de Montevideo. Él participó en un acto de grandeza espiritual y demostró que a los uruguayos, más allá de las diferencias políticas y religiosas, nos une un espíritu de nacionalidad y de orientalidad. Yo percibí cómo el Padre Partelli concurrió a la Casa del Partido Comunista en el año 1972, donde santiguó a los ocho mártires comunistas asesinados en el Paso Molino, en un acto bárbaro de aquella época.

Uno ha tenido experiencias personales en la lucha contra la dictadura, en la huelga general, etcétera, y hoy siente que a través de este homenaje también homenajeamos a la Iglesia de Roma y Cuchilla Grande, al Padre Soneira, quien abriera la puerta de la Iglesia a los perseguidos en la Huelga General.  También al Padre Monzón, perseguido por la dictadura, y al Padre Zufriategui, así como la inmensa obra hecha por el Padre Alonso, más conocido como Padre Cacho. Y hoy la Iglesia está de duelo porque ha muerto un gran Obispo, Daniel Gil Zorrilla, continuador de Nicolini y continuador de Marcelo Mendiharat, quien fue un hombre que supo vincular su prédica religiosa con el compromiso por la democracia, por la libertad, que ha sido el legado de José Gervasio Artigas.

            Voy a finalizar, señor Presidente ‑tomando en cuenta lo que usted mencionó sobre la paciencia del Padre Elizaga‑, saludando a este reverendo hombre de la Iglesia de Roma que, sin lugar a dudas, ha sembrado y sigue sembrando en su obra espiritualidad y acciones que nos permiten ayudar a los más humildes, a los desposeídos, a los que nada tienen y a los que sueñan con que la felicidad no solamente esté en el cielo, sino que esté aquí, en la Tierra.

            Un Mendiondo, que no es el cura de Rivera y que tiene sus inclinaciones ateas, lo saluda con mucho aprecio. ¡Salud, Padre!

 

(Aplausos)

 

SEÑOR PRESIDENTE (G. Silva).- Tiene la palabra la señora Edila Glenda Rondán.

 

SEÑORA RONDÁN.- Muchas gracias, señor Presidente.

            En primer lugar, quiero felicitar la iniciativa del Edil Carlos Iafigliola, como así también a la Corporación en su conjunto ‑como él decía en un principio‑ porque desde todos los partidos políticos, unánimemente, se aprobó este homenaje. Eso demuestra que este Parlamento de Montevideo abarca y acrisola a todas y a todos los que aquí vivimos más allá de su posición política, su raza y su opción sexual, como debe ser en un Estado respetuoso de la libertad. Voy a mencionar algo que alguien puede pensar que es una paradoja, pero que yo veo como una maravilla de este Parlamento de Montevideo: el jueves pasado esta Junta Departamental, por la mayoría de los miembros de todos los partidos, aprobó auspiciar la marcha por la diversidad sexual, y hoy estamos homenajeando a un sacerdote a quien todos y todas en Montevideo respetamos; eso demuestra en qué Uruguay y en qué Montevideo vivimos.

            Si usted me permite, señor Presidente, yo quiero decir que me alegra muchísimo volver a ver al Padre Elizaga. Yo soy una vieja vecina de Malvín ‑el Padre, por supuesto, ya lo sabe‑ y a él no lo veía desde el año 2001 y no le escuchaba la voz desde el año 2003. Por supuesto que el Padre siempre está preocupado por los demás y por ese motivo me llamó en el año 2003; esa conversación, queridos compañeros Ediles, queda entre el Padre Elizaga y yo, como si fuese un secreto de confesión.

Yo soy una mujer profundamente cristiana, criada en una familia cristiana, que lleva el nombre “del Rosario” porque su abuelo, cuando llegó de Europa, después de mejorar su casa, levantó una capilla en su campo con una imagen de tamaño natural de Nuestra Señora del Rosario. Entonces, como dijo el Edil Mendiondo, tanto las raíces del catolicismo como las de la masonería están en la historia misma de la República Oriental del Uruguay; los sacerdotes llegaron con los españoles y los masones llegaron con la independencia y con la invasión inglesa. Por eso desde mi institución, señor Presidente, si usted me permite yo quiero saludar al padre Elizaga con el mayor de los respetos, porque a veces se piensa que se está en las antípodas desde el punto de vista ideológico y no hay tantas antípodas cuando hablamos de hombres y mujeres de buena voluntad. Pero yo creo que lo mejor que puedo hacer como mujer ‑porque además siento el enorme orgullo de ser mujer y uruguaya‑ es leer algunas cosas de algunas mujeres de la Biblia a quienes yo reverencio y que para mí son modelos de vida. Yo me voy a referir ‑lo marqué para leerlo, al igual que otro compañero Edil, porque no quería que la memoria me fallara, aunque conocemos bastante bien la Biblia‑, a un tramo muy breve, a unos versículos del Libro de Rut, porque para mí Rut es, conjuntamente con su suegra, Noemí, realmente un ejemplo de solidaridad entre dos mujeres que sería digno de imitar, no sólo entre las mujeres sino entre hombres y mujeres de ésta, nuestra patria, para vivir en paz con nosotros mismos y con los demás. Voy a leer en el 3 el versículo 1, y después voy a pasar a algún otro versículo: “Después le dijo su suegra Noemí: Hija mía, ¿no he de buscar hogar para ti, para que te vaya bien?”. Porque a estas alturas Rut, que era moabita, había abandonado su tierra para seguir a su suegra, Noemí, al haber perdido a sus hijos. Y allí le dice ‑continúo con el versículo 2‑: “¿No es Booz nuestro pariente, con cuyas criadas tú has estado? He aquí que él avienta esta noche la parva de las cebadas. Te lavarás, pues, y te ungirás, y vistiéndote tus vestidos, irás a la era; mas no te darás a conocer al varón hasta que él haya acabado de comer y de beber. Y cuando él se acueste, notarás el lugar donde se acuesta, e irás y descubrirás sus pies, y te acostarás allí; y él te dirá lo que hayas de hacer”. Y aquí no voy a hacer, por supuesto, una interpretación religiosa, porque no es a lo que he venido, sino simplemente una interpretación de una profesora de literatura que siempre manejó este libro por su belleza literaria y por la profundidad espiritual que tiene. Una mujer que se sintió profundamente amada por otra la protegió y la aconsejó; a veces hoy nos olvidamos de que los hombres y las mujeres, ya adultos, tenemos la obligación de aconsejar a aquellos que son más jóvenes.

            Ahora voy a pasar a otro hermosísimo libro, uno de los más hermosos de la Biblia, “Cantar de los Cantares”, que habla del amor. A veces se piensa que la religión es solamente el amor espiritual, y yo, con todo respeto, señor Presidente, quiero decir que el amor sí está en el espíritu, pero también en la carne, cuando es puro. Entonces, elegí dos pasajes del “Cantar de los Cantares”. El primero es el número 1, “Cantar de los Cantares”, el cual es de Salomón. Yo creo que Salomón, después del Rey David, es el Rey de los judíos más interesante de estudiar, por su sabiduría; David por el gran amor que le tuvo el Señor cuando, siendo adúltero y asesino, lo perdonó y fue su Rey amado, y Salomón por su enorme sabiduría, por haber legado la estructura del templo, que no sólo maneja la Iglesia Católica sino muchas otras instituciones, y por haber enseñado tantas cosas a la humanidad, algunas de las cuales todavía no hemos terminado de aprender. Y este poema ‑porque desde el punto de vista literario es un poema, señor Presidente‑ dice así: “¡Oh, si él me besara con besos de su boca! / Porque mejores son tus amores que el vino. / A más del olor de tus suaves ungüentos, / Tu nombre es como ungüento derramado; / Por eso las doncellas te aman. / Atráeme; en pos de ti correremos. / El rey me ha metido en sus cámaras. / Nos gozaremos y alegraremos en ti. / Nos acordaremos de tus amores más que del vino. / Con razón te aman”.

            El capítulo 7 del “Cantar de los Cantares” dice algo que tiene que ver específicamente con las mujeres, que a veces estamos tan desdibujadas, no solamente en la Biblia, señor Presidente, sino en la historia de la humanidad; no lo voy a leer todo porque es un poco extenso. Dice así: “¡Cuán hermosos son tus pies en las sandalias, / oh hija de príncipe! / Los contornos de tus muslos son como joyas, / obra de mano de excelente maestro. / Tu ombligo como una taza redonda / que no le falta bebida. / Tu vientre como montón de trigo / cercado de lirios. / Tus dos pechos, como gemelos de gacela. / Tu cuello, como torre de marfil (...)”. Después dice: “¡Qué hermosa eres, y cuán suave, / oh amor deleitoso! / Tu estatura es semejante a la palmera, / y tus pechos a los racimos. / Yo dije: ‘Subiré a la palmera, / asiré sus ramas. / Deja que tus pechos sean como racimos de vid (...)”.

            Ustedes quizá se preguntarán por qué he leído estas cosas. Porque a veces se quiere hacer creer que para los católicos todo está mal, y eso no es cierto. El católico predica su fe, pero no todo está mal. No todo está mal cuando la pureza del amor está presente, y la pureza del amor está presente cuando un hombre y una mujer de verdad se aman, porque de allí a veces surge una nueva vida.

            Ya termino, señor Presidente.

            Yo provengo de una institución que tiene muchas premisas que debemos honrar; una de ellas es la caridad. A mí me importa mucho lo que decía Jesús sobre la limosna, porque creo que es algo que todavía no hemos aprendido ni en el Uruguay ni en el mundo: “Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos. Cuando, pues, des limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. Mas cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha (...)”. Pienso, señor Presidente, que esa es una de las formas más maravillosas de ejercer la caridad: que nadie sepa quién la ejerce. De lo contrario, se vanagloriaría aquel que hace la caridad, y en este mundo tan materialista en que vivimos, señor Presidente, diríamos: “Vaya a saber con qué fines está dando esa limosna...”.

Y, como no puede ser de otra manera, señor Presidente, Padre Elizaga, no podemos abandonar los Evangelios, porque los Evangelios son la buena nueva, como lo indica la palabra; son la buena nueva, la palabra nueva, la palabra que cambia la ley del ojo por ojo y diente por diente, o sea, la Ley del Talión, por la ley del amor.

            Aquí me voy a referir al tributo, pero no quiero leer todo el pasaje. Se acercan los fariseos a preguntarle al Maestro, a Jesús, si deben cumplir con los tributos, y le dicen: “Maestro, sabemos que eres hombre veraz, y que no te cuidas de nadie; porque no miras la apariencia de los hombres, sino que con verdad enseñas el camino de Dios. (...) ¿Es lícito dar tributo a César, o no? ¿Daremos, o no daremos? (...) Mas él, percibiendo la hipocresía de ellos, les dijo: ¿Por qué me tentáis? Traedme la moneda para que la vea. Ellos se la trajeron (...) Entonces les dijo: ¿De quién es esta imagen, y la inscripción? Le dijeron: De César. Y les dijo: Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios”.

            Ese, señor Presidente, es mi más puro pensamiento. Como decía el Señor: “Mi reino no es de este mundo; mi reino es de los cielos”. Me parece maravillosa ‑lo quiero decir acá, frente a todos, porque la conozco‑ la obra del Padre Elizaga, pero también creo que debemos preservar el estado laico. Sería muy hipócrita ‑y no lo soy‑ si no lo dijera hoy. Sé, señor Presidente, que el Padre Elizaga, que me conoce, no lo toma como una ofensa, porque él sabe que soy imperfecta, que soy como soy.

            Voy a ir a un versículo muy tergiversado, muy comentado últimamente y muy llevado y traído, que es el de la mujer adúltera. Solamente voy a leer la última parte. A la mujer la van a apedrear, porque es adúltera; todos lo saben, pero lo digo para que quede en actas.

Jesús estaba escribiendo; era como una costumbre de Cristo inclinarse hacia la Tierra, que de alguna manera es nuestra madre, para acercarse a su Padre. Insistieron mucho en preguntarle qué hacían, sí la apedreaban o no, y él contestó: “El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella”.

            Sinceramente, señor Presidente, a uno, cuando es muy joven, le es muy sencillo emitir juicios, y los emite de todo tipo: políticos, religiosos, filosóficos; incluso hacia otras personas. Pero cuando uno crece comienza a darse cuenta de que es tan grande su imperfección que, más allá de su condición religiosa y la creencia o no del pecado, nunca está pronto para poder lanzar la primera piedra mientras uno pertenezca a este mundo. Digo yo que si el Señor nos tiene acá es porque por algo todavía nos tenemos que quedar; si no, nos llamaría para que fuésemos al lugar que nos corresponde.

            Por último, quiero hacer referencia al Jesús resucitado. A mí no me gusta el Jesús de la Cruz; como dice Serrat, yo quiero al Jesús que anduvo en la mar. No porque no respete al otro, que entregó la vida por sus amigos, como también dice el Evangelio, que es lo más preciado que alguien tiene para dar.

Voy a hacer una pequeña digresión. La doctora Adela Reta nos decía en la Facultad: “¿Cuál es el primer bien que hay que preservar?”. Todo el mundo terminaba diciendo la libertad, la democracia. Acá todos son muy jóvenes; no creo que hayan tenido a Adela en la Facultad, aunque alguno sí y recordará lo que voy a decir. Ella decía: “La vida; el primer bien que hay que preservar es la vida”. Es Glenda Rondán quien lo dice desde su perspectiva de la vida. Primero está la vida; después de la vida, la libertad, y después, mucho después, la propiedad privada. Por eso me gusta ese Jesús resucitado, porque para aquellos que creemos es realmente el que nos trae la buena nueva de que esto no se termina aquí, sino que esto es un pasaje. Como dice Manrique, nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir. Y dice más: dice que más vale andar bien este camino para andar el otro, que es morada sin pesar. Quiero aclarar ‑porque soy profesora de Literatura‑ que la cita no es textual. 

            La primera persona a la que se le aparece Jesús no es un hombre, es una mujer: es María Magdalena. Cabe preguntarnos ‑y nos lo preguntaremos siempre‑, ¿por qué una mujer? Quizá porque él nació de una mujer, quizá porque como él era perfecto conoció a profundidad el alma de una mujer, lo que no es muy sencillo para nadie. Pero como él era perfecto, la podía conocer; quizá por eso ‑o vaya a saber por qué‑ se le apareció a María Magdalena. “Pero María estaba fuera llorando junto al sepulcro; y mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro; vio a dos ángeles…”. Los ángeles le dicen: “Mujer, ¿por qué lloras? Les dijo: Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto. Dicho esto, se volvió, y vio a Jesús que estaba allí; mas no sabía que era Jesús. Jesús le dijo: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré. Jesús le dijo: ¡María! Volviéndose ella, le dijo: ¡Raboní! (que quiere decir, Maestro)”.

            Es decir, señor Presidente, que desde el punto de vista bíblico las mujeres hemos obtenido la mayor gloria: una mujer, María, le dio la vida a Cristo, y otra mujer, María Magdalena, lo vio por primera vez.

            Padre, si el señor Presidente me permite, lo quiero felicitar por muchas cosas. Lo quiero felicitar por lo que usted hace en Malvín y por decir lo que usted piensa. Y digo esto con el mayor de los respetos, porque para los que creen en su religión usted es prácticamente un mito, casi una santidad; yo estoy muy lejos de eso, pero usted en algo se parece a mí: dice lo que piensa y no le importa dónde ni cuándo, pero dice lo que piensa y lo que siente. Y por eso es que yo le tengo a usted tanto respeto.

             Para finalizar quiero decir una frase: somos cada vez más libres cuanto más libres dejamos ser a los otros. Por algo tenemos el libre albedrío.

            Muchas gracias.

 

(Aplausos)

 

SEÑOR PRESIDENTE (G. Silva).- Tiene la palabra el Edil Jorge Morandeira.

 

SEÑOR MORANDEIRA.- Gracias.

            Señor Presidente: hace pocos días, cuando usted asumía la Presidencia del Cuerpo, enumeró las tareas que se llevan adelante en esta Junta Departamental, en este Parlamento de Montevideo. ¿Cuáles son las funciones que tenemos los Ediles? Dentro de ellas ‑y usted hoy lo recordaba‑ está la de reconocer la trayectoria de ciudadanos ilustres, de vecinas y vecinos ilustres, como más me gusta llamarlos. Por eso participamos con alegría de este acto de homenaje al Padre Julio Elizaga.

Gracias por acompañarnos esta tarde; gracias a todas y a todos los que están presentes en la Barra. En particular le doy las gracias a la bancada del Frente Amplio, a la sub‑bancada de la 738 por haberme permitido expresarme esta tarde. Y gracias a todo el Cuerpo por esta sesión.

            Justamente, con relación a los reconocimientos que hemos hecho en este último período y que usted hacía al asumir como Presidente, es importante resaltar que no todo el Cuerpo puede compartir la historia, las opciones personales, las trayectorias, los compromisos políticos, sociales o religiosos de los homenajeados, pero con orgullo podemos decir ‑lo señalaba recién la señora Edila Glenda Rondán‑ que este es un ámbito democrático en el que prima la relación que el tema en consideración tenga con las ciudadanas y con los ciudadanos de Montevideo.

            Entonces, ¿puede tener relación con la comunidad montevideana toda el hecho de que un sacerdote cumpla 50 años en el ejercicio de su profesión? Sí, consideramos que sí, y felicitamos a quienes tuvieron la iniciativa de homenajearlo, pues en un tiempo en el que todo es efímero, en el que en nombre de las libertades todo es suave, todo es liviano ‑es light, en el idioma anglosajón‑, la fidelidad de 50 años en la opción de vida del Padre Elizaga es motivo de nuestro respeto y admiración.

            Este acto debería cumplir la función de difusión; vimos algunos medios aquí presentes. No nos compete ‑ya lo han dicho los Ediles preopinantes‑ hablar en este ámbito de la defensa de la fe que a lo largo de su sacerdocio ha hecho el Padre Elizaga, ni de lo que ha trasmitido en sus escritos, pero ya que aquí no sólo profesamos ideologías y credos distintos y que, como se decía, no hay sólo católicos, podríamos al menos mencionar lo que ha sido toda su lucha a favor del ecumenismo.

            Volviendo a la difusión, sería bueno que esto se conociera más allá de la comunidad de Belén de Malvín Norte, que está aquí, en masa ‑creo que quienes promovieron este acto querrían que fuera así‑ y más allá de la Iglesia Católica. Son estos los ejemplos que nos gustaría ver con mayor frecuencia en los medios de difusión masiva, pero nos dicen que el mercado manda. Entonces, vende mucho más la separación de una diva famosa o lo bien o mal que baile otra. ¡Pero vaya si será noticia que un sacerdote que cumple 50 años de su ordenación continúe trabajando como el primer día! Y a esos primeros días me voy.

            Tengo 45 años, o sea que tuve que recurrir a algunas amigas y amigos, a algunos compañeros de ruta suyos, y no sólo al ya citado Embajador de Uruguay ante la Santa Sede, el profesor Mario Cayota, tan estimado en esta Casa. Recurrimos a algunos que lo acompañaron en sus inicios pastorales en el barrio de La Teja. Y permítame decir, señor Presidente, que quienes nacimos y vivimos o hemos vivido parte de nuestra vida en ese barrio adquirimos dones particulares. No sabemos si en el caso del Padre Julio será el del camino a la santidad, pero creemos que sí. Como dicen los jóvenes ‑los que lo desvelaron y lo siguen desvelando‑, quienes pasan por La Teja siguen participando y tienen doble chance de ganar... ¡Y vaya si usted la tiene, Padre! Pocos barrios acompañan a un estudiante a su último examen para recibirse de médico ‑hoy es ni más ni menos que Presidente de la República‑, y pocos barrios hacen una recorrida como la relatada en el libro y recientemente citada por Iafigliola.

            ¿Qué nos decían de usted, Padre? Que es un hombre enérgico, que tiene sus arranques, que es rezongón...

 

(Hilaridad)

 

_____No sé si me lo han pintado bien...

 

(Hilaridad)

 

_____Parece que sí; en la versión taquigráfica figurará “Hilaridad”.

 

(Hilaridad)

 

______Pero todo esto usted lo suple con su espiritualidad, con su corazón grande, con ese beso de paz que les da a los niños en las celebraciones de cada semana. Y, precisamente, esta es otra virtud que quiero resaltar. Grandes mujeres ‑vaya si sobre este tema ha hablado la Edila Glenda Rondán‑ y hombres de la historia han tenido que dominar su temperamento para llegar a ser grandes. Sin irnos de tema, cito a grandes santos, como San Francisco de Sales o la propia Teresa de Jesús, que tuvieron que luchar contra sus impulsos más humanos para llegar a la santidad.

            He marcado o mencionado la perseverancia, la fidelidad, la templanza, la vida espiritual, el amor, y para finalizar debería agregar que otra de las virtudes del Padre Julio es la adaptación a los tiempos que le tocó vivir, como también ya se ha mencionado. Seguramente tiene que ver con el año de su ordenación, con ese año 1958 tan particular para el país, en el que cambiaba de signo político el Gobierno, con todos los cambios que se dieron en la Universidad y en la propia Iglesia Católica ‑con la llegada de “el Papa Bueno”, Juan XXIII‑, con todos los cambios que se vendrían más adelante y que se generarían con la realización del Concilio Vaticano II, con todo lo que usted tuvo que ver, al menos con lo que le cabe a la Iglesia uruguaya y montevideana.

Ya que acá cada uno ha mencionado de dónde viene, quiero señalar que ese año ’58 es muy particular para mí: unos jóvenes progresistas se lanzaron a crear la Juventud Demócrata Cristiana, que terminaría en lo que es el Partido Demócrata Cristiano, el que con ese llamado de Juan Pablo Terra, de Michelini y de otros más terminó siendo el Frente Amplio.

Pero volviendo a esta sesión, Padre Julio, porque ha sido protagonista de estos tiempos, porque continúa sirviendo a la comunidad, una vez más le digo gracias.

Ojalá que en todos los órdenes de nuestra sociedad podamos contar con ejemplos de vida como la tuya.

 

(Aplausos)

 

SEÑOR PRESIDENTE (G. Silva).- Tiene la palabra el señor Edil Fernando Ripoll.

 

SEÑOR RIPOLL.- Gracias, señor Presidente.

            Yo conozco la Parroquia de Belén, he ido a ver al Padre, e ido a una misa; lo reconozco: a una. Fui a visitarlo con otros compañeros a su salón privado, donde siempre se reúne con sus colaboradores.

Como bien lo reseñara nuestro compañero Edil Carlos Iafigliola, usted tiene una vida entera en esa comunidad. Y para muestra basta un botón: mire toda la gente que lo acompaña, Padre, que lo quiere, porque es de la comunidad de Belén; eso es lo importante.

 

(Aplausos)

 

______El Padre Julio tuvo una niñez con mucho amor, una adolescencia intensa, con una familia como referencia en su vida. Eso me parece una cosa a destacar, y yo voy a centrarme únicamente en estos aspectos, sobre todo en la familia.

            En una sociedad como la que hoy tenemos, con un incremento inusitado de la violencia, cuando miramos y debatimos hasta políticamente este tema que está presente hoy en la sociedad, cuando miramos para el costado y hacemos un alto, ¡qué importante es tener un Padre Elizaga, con sus sermones, con sus consejos, con su trabajo con los menores en su comunidad, muchas veces en silencio! Pienso en cuánto vale tener sacerdotes como usted, que nos trasmitan valores en esta sociedad; cuánto vale tener sacerdotes que defiendan a la familia como la base de esta sociedad. Porque yo soy uno de los convencidos de que la familia es lo primero y de que es la base de nuestra sociedad, acá en Uruguay...

 

(Aplausos)

 

______...y son valores que no podemos perder.

 

(Aplausos)

 

______Yo soy muy sincero: voy poco a misa; tendría que ir más. Me bautizaron, tomé la comunión, me casé por iglesia; pero créanme: reconozco que cuando voy a misa ‑y no lo hago comúnmente‑ o cuando se casa un amigo todavía siento un nudo en el estómago, como una voz que me dice desde adentro que tengo que luchar por mi familia unida. Y eso, Padre, no me lo cambia nada, por más que vaya a misa una vez cada mes o una vez cada cinco meses.

 

(Aplausos)

 

______También quiero reconocer el trabajo silencioso de cientos de personas que están acá, que semanalmente van a su iglesia, que están todos los días y a cualquier hora atendiendo gente y ayudando a la comunidad, porque este Uruguay se conforma también con todos aquellos silenciosos que trabajan en comisiones de diferente tipo y que nunca son homenajeados. ¡Vaya hoy el homenaje para ellos también en su persona! Esa trasmisión de valores es importante; por eso es bueno que, en vez de un día, lo hagan durante 50 años, como el Padre Elizaga, que está trabajando por la gente y por los que menos tienen.

Por eso, simplemente, gracias, Padre Elizaga; gracias por haber dedicado su vida a hacer el bien a la comunidad.

Muchas gracias.

 

(Aplausos)

 

SEÑOR PRESIDENTE (G. Silva).- Tiene la palabra el señor Edil Aníbal Gloodtdofsky.

 

SEÑOR GLOODTDOFSKY.- Gracias, señor Presidente.

            No pretendemos que este homenaje al Padre Elizaga y a la grey que lo sigue se convierta en una tortura. Suelen ser así los homenajes en la Junta, y creo que a usted le va a ser leve, seguramente por su jerarquía.

 

(Hilaridad)

 

______Presidente: yo siento el peso de la responsabilidad de hablar de un ciudadano a quien no tengo el gusto de conocer personalmente, pero de quien he escuchado muchísimo. Tengo un hermano que va a su parroquia, y mucho he escuchado y mucha curiosidad he sentido por conocerlo. También lo he leído y seguido por los medios.

            Francamente, le confieso que nuestra intervención es a través de un juego de espejos. El espejo, ese instrumento tantas veces señalado como artefacto de la vanidad ‑incluso en el Norte creo que hay corrientes evangélicas en las que aún el espejo está prohibido‑, también sirve para darnos cuenta de que muchas veces el peor enemigo que uno tiene es uno mismo, y es el espejo el único capaz de demostrarlo. En ese juego de espejos, Padre Elizaga, con el inmenso respeto que nos merece, en primer lugar, por su presencia aquí ‑ante el homenaje que le hace la Junta, pero no los Ediles sino toda la ciudadanía de Montevideo‑, voy a referirme a algunos episodios que fueron los que marcaron a lo largo de mi vida ese conocimiento que hoy culmina con este encuentro aquí en el hemiciclo.

Sin duda que soy un cristiano de familia católica. Es más: en estos días, en estas horas, enfrento el enorme combate de mis convicciones, dado que el próximo sábado mi hija Carolina tomará la primera comunión. Y allí el debate está entre lo que yo pienso ‑seguramente adjetivo‑ y lo esencial, lo sustancial. Y lo sustancial es, más allá del templo en el que nos encontremos, tener a Dios dentro de uno ‑llámesele como se le quiera llamar‑; es tener conciencia de que Dios está en nuestros corazones, de que quienes nos rodean son nuestros iguales y de que no hay otro camino que hacer el bien por el bien. Y ese es mi combate de estos últimos quince días con las catequistas que instruyen a mi hija, porque ellas hacen hincapié en lo formal, que también es importante, porque el hábito hace al monje; pero insisto: combato con poco éxito para trasmitirle a una niña de once años la importancia de tener a Dios en su corazón.

            Usted me llegó ‑como buen amante del cine que soy‑ por su conocida condición de exorcista. Francamente, para ver “El exorcista” cuando se estrenó tuve que pedir una cédula prestada. Sólo quería ver todo aquel juego de chirimbolos técnicos y efectos especiales con los que Linda Blair y Max Von Sydow nos aterraban. Recuerdo que cuando me casé le hice ver esa película a mi señora… Sin éxito, porque aún permanece a mi lado…

 

(Hilaridad)

 

______Pero un día descubrí que todo aquello que era una cuestión de cine tenía pies en la tierra y realidad: en Montevideo, una institución milenaria e indudablemente seria ‑por más que podamos tener discrepancias o distintos enfoques‑, guía de lo que ha sido la civilización occidental, respaldaba a un hombre capaz de llevar adelante una práctica como la del exorcismo. De ahí en más me he convertido en un seguidor suyo a escondidas...

 

(Hilaridad)

 

______...muy a escondidas. Como dije, íbamos a hablar de un juego de espejos. Da la casualidad de que siempre que el padre Elizaga dice algo, yo estoy del otro lado, invariablemente.

            Yo veía por aquí que en 1984 ‑en aquel tiempo yo era Edil electo; un chiquilín apenas‑ el padre Elizaga había trabajado mucho con el tema de la Secta Moon, lo que hoy fue citado por el Edil Iafigliola. Padre Elizaga: yo fui el único que votó por el hotel en la primera votación, porque creía que, más allá de las consideraciones religiosas, este mundo, ese mercado del que hablaba Morandeira, también tiene pies en la realidad y que tarde o temprano ese hotel se construiría, daría trabajo y resultaría lo que es hoy: no más que un hotel. Por cierto que su prédica fue mucho más fuerte que la mía; por eso fui el único que lo votó. Luego, el tiempo, ese gentilhombre, nos dio la razón y allí está el edificio.

            El segundo punto por el cual ese juego de espejos nos permite encontrarnos, porque no siempre nos distancia, es su apego valiosísimo, admirable, a los pobres, a los más necesitados. Pues bien, yo comparto esa visión y también comparto que no sólo los hombres y las mujeres de la política y los hombres de fe son quienes pueden llevar adelante ese compromiso.

Usted también ha trabajado largamente con el tema de las sectas, y en esto yo siempre he sentido una íntima discrepancia, pues en muchos barrios hay grupos de personas con creencias diversas, propias de un sincretismo que tiene por raíz, precisamente, a la fe cristiana; propias de un sincretismo que fusiona lo que eran las creencias del África con las creencias tradicionales de la Iglesia, y a través de ellas también han podido instrumentar un lenguaje que dé soporte a los más desposeídos. Y si es cierta, si es razonable y si es entendible su visión respecto a esas situaciones, considero que también debe entenderse, con la inmensa misericordia que debe darnos la fe en Dios, que esa gente también le está dando soporte muchas veces a travestis, a prostitutas, a gente que no ha tenido la posibilidad de formarse, de adquirir cultura, de tener conciencia cívica, a gente que ha estado presa, a gente que ha tenido una inmensa cantidad de problemas. Ellos allí encuentran cobijo. Y cuando nosotros miramos a la sociedad lo importante es ver que la gente recibe cobijo en el momento de mayor necesidad, como vemos que usted día a día en su parroquia también da amparo a tantos necesitados.

Y no solamente se lo ve a través de la visión de la religión; también lo vemos desde el lado ideológico. Está usted sentado y rodeado por demonios políticos, porque en definitiva la política también merece un exorcismo, a veces; basta con leer el diario.

 

(Hilaridad)

 

______La propia Iglesia ha tenido también sus idas y vueltas en eso; si no, vaya uno a leer a Boff y la “Teología de la liberación”. Allí también hay, a través de una visión ideológica del mensaje cristiano y de la Iglesia Católica, un apego y un compromiso con los más necesitados.

            Todo este juego de espejos que refleja lo que usted piensa y lo que yo pienso muchas veces no ha permitido que retroceda ni un ápice la admiración que siento por usted desde el día en que leí en la prensa que había un hombre en Uruguay que hacía lo mismo que Max Von Sydow. Sigo con aquella fascinación infantil, pero esa es la que me ha conducido a reconocerle todo cuanto hace usted por toda esta gente y todo lo que ha hecho usted a lo largo de su vida.

            Quiero terminar estas palabras, Presidente, diciéndole al Padre Elizaga, con el mayor respeto y como homenaje, lo siguiente: Padre Elizaga, la paz sea contigo.

 

(Aplausos)

 

SEÑOR PRESIDENTE (G. Silva).- Tiene la palabra la Edila Cristina Ferro.

 

SEÑORA FERRO.- Gracias, Presidente.

            Padre: realmente me he sentido representada, no solamente por las palabras del Edil Iafigliola ‑que lamento no haber podido atender desde sus inicios‑, sino también por muchas de las pronunciadas por algunos de mis compañeros. Pero no podía, Padre, dejar de expresar también yo mis sentimientos ante su presencia, dado que el primer hecho conmovedor que resulta de su visita aquí es que, si bien yo no sé el alcance de la sacudida que le ha dado usted a Iafigliola, a todos nos ha sacudido su presencia de una manera muy particular. Ha hecho que todos hayamos podido manifestar algunas cosas muy íntimas, muy personales, muy de la vida de cada uno, muy de la familia; aquellas cosas que esos demonios políticos a que aludía el Edil Gloodtdofsky a veces tienen ‑aunque no quieren‑ que dejar fuera de ciertos aspectos de esta actividad, ya que por la propia dinámica de nuestra tarea es difícil en muchos momentos conjuntarlas.

            Por eso quiero decirle que su presencia reconforta, que su presencia anima y ‑en el marco en que ella se da‑ no hace otra cosa que confirmar que quienes también vivimos en Malvín ‑del otro lado de la Avenida Italia‑ y que, como el Edil Ripoll y quien habla, no concurrimos asiduamente a su parroquia, podemos seguir siendo testimonio de lo que usted significa para la Comunidad de Belén, de lo que significa para el barrio de Malvín, para el barrio de Malvín Norte, para esa gente que cotidianamente lo piensa, cotidianamente lo nombra y cotidianamente lo sigue.

            De acuerdo o no con sus enseñanzas, con los lineamientos de vida que usted imparte, al referirse a usted muchos compañeros de tarea lo hacen no sólo con respeto sino también con admiración, y no por la tarea religiosa sino por la labor comunitaria llevada a cabo por usted, que no mira qué religión profesa aquel que lo necesita, sino que mira al hermano al que debe tenderle una mano.

            En casas de vecinos malvinenses, en reuniones de todo tipo, mucho se habla de usted, y esa es yo no diría una cualidad, sino más que nada una especie de prédica que ha sabido llevar más allá de usted mismo; es parte del resplandor que genera, no sólo por usted, sino por quien está detrás de usted.

            Para quienes somos cristianos, para quienes ‑como bien decía nuestro compañero Gloodtdofsky‑ sentimos a Dios profundamente; para quienes compartimos ese nudo en el estómago al que nuestro compañero Ripoll aludía, que se trasmite a veces como una necesidad física, no solamente espiritual, de encontrar a Dios; para quienes entre las dudas y las tribulaciones humanas tenemos también el deber de luchar por la familia, por sus valores, por sus principios y, además, por sus convicciones; para quienes tenemos que trasmitir pero todavía deseamos recibir; para quienes tenemos que trasmitir pero todavía queremos aprender; para todos nosotros, es muy importante reconocer que en nuestro medio, en nuestra ciudad, en nuestro ambiente existen personas como usted, que imparten esas cosas que tanto necesitamos.

            Por eso, Padre, quería sumarme humildemente a este homenaje y decirle que 50 años es poco, que lo suyo no tiene un límite temporal y que lo de hoy también vale y podría escribirlo en su libro, porque realmente, Padre, va a tener sus importantes consecuencias.

            Que Dios lo bendiga.

 

(Aplausos)

 

SEÑOR PRESIDENTE (G. Silva).- Para finalizar, vamos a hacerle entrega, Padre Elizaga, de una bandeja con una inscripción que hace referencia a usted. También tenemos para entregarle ‑lo haremos posteriormente, en la Presidencia  el símbolo de este Parlamento de Montevideo, de la Junta Departamental de Montevideo: la Puerta de la Ciudadela.

            Esta bandeja es en agradecimiento de la Junta Departamental de Montevideo. Queda como testimonio escrito, vivo, material, para que cuando esté un tanto aburrido recuerde las dos horas de sesión y los halagos y discursos que han hecho los Ediles de la Junta Departamental de Montevideo.

 

(Así se efectua)

(Aplausos)

 

­­­______Damos la palabra al homenajeado, que tiene dos horas para equilibrar lo expuesto por los Ediles departamentales.

 

SEÑOR ELIZAGA.- En primer lugar, quiero agradecer al señor Presidente de la Junta Departamental, Gastón Silva; a José María Bidegain, viejo conocido de hace muchísimos años; a todos los Ediles, especialmente a aquellos que me han elogiado con sus palabras, y a todas las personas que me acompañan en este día.

            Quiero decirles sinceramente, de corazón, que esto nunca pasó por mi mente. Estoy totalmente sorprendido y emocionado, porque que la Junta Departamental de Montevideo me haya organizado un acto es, para mí, algo un poco inverosímil; no sé si ha habido otra cosa así en la historia del país.

            Evidentemente, siempre he sido un hombre abierto; soy un hombre ecuménico de corazón. No he sido un hombre de partido, sino un hombre de unión. He tratado en la vida de llevarme bien con todos, de dialogar con todos. Puedo decirles sinceramente que tuve gran cariño y aprecio por el General Seregni; por Wilson Ferreira, a quien le administré los sacramentos; por Julio María Sanguinetti; por Hugo Batalla; por Enrique Iglesias; por el doctor Crottogini, que me venía a visitar muchas veces a la parroquia, y por tantos otros que no voy a nombrar. O sea que en realidad siempre he tratado de mantener el diálogo con todos, incluso con la masonería, con el Partido Comunista, con los hermanos Pastores evangélicos, con los representantes de otras iglesias cristianas, con el judaísmo, con el islamismo, etcétera. He tratado de comprender que todos, por distintos caminos, vamos marchando a través de la vida tratando de buscar la verdad, de guiarnos por la fe, de brindar a los demás lo mejor que tenemos.

            Por esa razón, entonces, me ha tocado vivir algunos momentos especiales en años difíciles, algunos de los cuales han sido narrados. Fue para mí muy importante trabajar con los reclusos, especialmente con los de Miguelete, en aquel entonces; con los del Penal de Punta Carretas y luego con los del COMCAR. También fueron muy importantes las experiencias con aquellos muchachos de la que entonces llamábamos Colonia Suárez, hoy Colonia Berro, en una época difícil ‑como se dijo‑, cuando se los cuidaba con perros amaestrados, en el tiempo en que estaba la doctora Reta, que trabajaba con nosotros, y el Padre Ponce De León.

Luego vinieron las experiencias en las distintas parroquias, como la de La Teja, que fue una cosa especial. Fui Capellán de los Boy Scouts, uno de los mejores movimientos para formar a la juventud. Fui también Capellán de un cementerio; ustedes no se imaginan lo que es compartir el dolor de la gente, estar esperando en la puerta a los que llegan, acompañándolos para consolarlos con una oración, con unas palabras de aliento.

Luego fui trasladado a la Parroquia de Belén, en la que me encuentro desde hace 45 años. Cuando llegué, el barrio estaba sumamente oscuro ‑no había luz en las calles- y prácticamente lleno de tajamares; no estaban todos estas grandes viviendas ni bloques habitacionales que se han levantado. Allí estuve solo porque no tenía casa parroquial; empecé a levantar una pieza junto con los amigos. Tuve que hacer de peón de albañil para poder levantar esa pieza que me servía ‑como se dijo‑ de escritorio, consultorio y dormitorio: todo era en la misma pieza en la que atendía a la gente.

            Hicimos algunas experiencias notables. En el ’67, por ejemplo, integramos los instrumentos musicales a las celebraciones litúrgicas, lo cual causó sensación; la gente lo llamó la “misa beat”. Luego tuvimos la misa carismática.

            Al ver la gran problemática del barrio, una de las primeras cosas que se me ocurrieron fue hacer un colegio ‑como había hecho en la Parroquia de La Teja‑, el Colegio de Cristo Salvador. Luego quise que hubiera una buena policlínica médica y un consultorio jurídico. A unas cuadras levantamos un hogar para mujeres en situación de calle. Ya durante este Gobierno hicimos un convenio con el INAU y pusimos un merendero junto a la capilla de La Resurrección. También tenemos servicios de psiquiatría y de psicología. Trabajamos con los discapacitados de la zona. Había muchos; yo no me imaginaba que pudiéramos encontrar tantos. Así fuimos llevando adelante distintos emprendimientos. En este momento, a través del Ministerio de Desarrollo Social, hay un equipo de psicólogos que colaboran con nosotros tratando de orientar a mucha de esa gente que a veces no tiene hábitos de trabajo o no sabe hacia dónde dirigirse; con ellos se está haciendo un hermoso trabajo.

Por otra parte, se está trabajando especialmente con los niños; estamos tratando de llegar a la mayor cantidad de niños posible. También tratamos de apoyar a los estudiantes, porque hay muchos que fracasan en Secundaria; entonces, tratamos de alentarlos y de que no vivan sólo en el presente, sino que miren hacia el futuro.

            También trato de insistir en la importancia de los símbolos patrios, en la importancia ‑aunque les parezca un poco extraño‑ del Himno Nacional, esas cosas que prácticamente nos hacen a todos uruguayos, nos hacen a todos descendientes de Artigas. En mucha de la gente que se va del Uruguay, que emigra hacia otros países, yo no encuentro gran amor a la patria; lo he constatado. ¿Por qué pasa eso? Capaz que porque hemos fallado en no haberles dado precisamente esos elementos que hacen que le tengamos amor a la patria.

Tenemos que querernos todos, tratarnos todos, saber que tenemos distintas maneras de pensar, pero sabernos respetar. Por eso yo me he relacionado con gente de todos los partidos y de todas las tendencias filosóficas ‑el comunismo, la masonería‑, y con todos me he llevado magníficamente bien.

Quiero decirles que este homenaje no lo recibo para mí, porque si bien es cierto que yo trabajé y me preocupé por las alegrías y tristezas, angustias y esperanzas de todos los hombres, conozco a todos los sacerdotes del Uruguay ‑cuando alguien me habla mal de algún sacerdote le pregunto a cuántos conoce, y resulta que no conoce a ninguno‑ y les puedo decir que hay gente maravillosa que trabaja en forma discreta, en silencio. En el Uruguay hay una cantidad de sacerdotes que han entregado su vida para lograr que este país sea un país mucho más libre, mucho más justo, mucho más fraternal, mucho más humano. Lógicamente que todas esas directivas las recibimos de los Obispos; entonces, hay que mirar también a los Obispos. El señor Mendiondo mencionaba hace un rato a Monseñor Parteli. También tuvimos al Cardenal Barbieri, que fue una gran figura; tuvimos a Jacinto Vera, a Mariano Soler. Y ahora tenemos a Monseñor Cotugno, que realmente se está preocupando mucho más de lo que ustedes se imaginan. Vemos lo que ha hecho con el Liceo Jubilar y toda la obra que está haciendo en los distintos barrios. Realmente, yo admiro la gran capacidad de trabajo que posee; evidentemente tiene unos años menos que yo, pero admiro su obra. Todos estamos recibiendo el influjo de los Obispos, que son nuestros pastores, quienes nos orientan. También estamos muy contentos con la presencia del Papa, que aunque no tiene el carisma del otro ‑al otro la gente iba a verlo; a este la gente lo va a escuchar‑ es un hombre sumamente profundo, sumamente inteligente, sumamente sencillo. Y, claro, detrás de todo sentimos la presencia de Cristo y el poder del Espíritu Santo.

Quiero agradecer sinceramente al señor Presidente, Gastón Silva, y a todos los Ediles que han hecho uso de la palabra: a Mendiondo; a Ripoll; a Glenda, con quien alguna vez hablamos por teléfono y hemos tenido alguna discusión; a Aníbal Gloodtdofsky y a Jorge Morandeira. Sinceramente, les agradezco de corazón las palabras que han vertido. Lo mismo a Cristina Ferro: le agradezco sinceramente, de corazón. También le agradezco a Carlos Iafigliola ‑a quien conozco desde hace muchísimos años‑ las palabras tan enjundiosas que me ha dirigido, que ha tomado en parte de un libro. Pero, como les digo, esto no va para mí sino para todos los otros sacerdotes.

Quiero decirles sinceramente a todos ustedes, a los Ediles y a toda la gente que me acompaña, gracias desde lo más profundo de mi corazón. Que el Señor los bendiga a todos y que todos sigamos trabajando por un Uruguay más unido, por un Uruguay que realmente progrese, en el que todos sigamos adelante; por que dejemos de lado los problemas y las discusiones secundarias y vayamos a lo esencial para buscar el bien, la dignidad, el amor, la alegría y el gozo de nuestro querido pueblo uruguayo.

            Muchas gracias a todos.

 

(Aplausos)

 

SEÑOR PRESIDENTE (G. Silva).- Ahora le vamos a entregar la Puerta de la Ciudadela prometida.

Le damos la palabra al Edil Carlos Iafigliola.

 

SEÑOR IAFIGLIOLA.- Simplemente, Padre, para terminar este homenaje se va a escuchar a la cuerda de tambores de Malvín Norte, Lulonga, que quiso hacerse presente para terminar este homenaje con candombe.

 

(Aplausos)

 

______Señor Presidente: solicito que la versión taquigráfica de las palabras vertidas en esta sesión sea enviada a la Iglesia Católica, a todas las iglesias evangélicas, a todos los partidos políticos y a los legisladores.

 

SEÑOR PRESIDENTE (G. Silva).- Así se hará.

            Se levanta la sesión.

 

(Es la hora 17:07)