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ACTO DE HOMENAJE A ALBERTO SPENCER REALIZADO POR LA JUNTA DEPARTAMENTAL
DE MONTEVIDEO |
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14 de diciembre de
2006 |
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VERSIÓN TAQUIGRÁFICA |
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Departamento de Taquígrafos |
SEÑOR PRESIDENTE (Pablo Ferrer).- Buenas tardes a todas y a todos; buenas tardes, señor ex Presidente de la República, Julio María Sanguinetti; buenas tardes, señor Embajador de la República de Ecuador en el Uruguay; buenas tardes, escribano Ricardo Scaglia, en representación del Club Atlético Peñarol; buenas tardes, familiares de Alberto Spencer; amigas y amigos todos.
Con gran emoción damos apertura a este acto de homenaje de la Junta Departamental de Montevideo al señor Alberto Spencer.
(Es la hora 16:05)
______Invitamos a ponernos de pie para escuchar las estrofas del Himno Nacional.
(Se escucha el Himno Nacional)
(Aplausos)
______A continuación, se escucharán estrofas del Himno de la República de Ecuador.
(Se escucha el Himno de la República de Ecuador)
(Aplausos)
______Para dar comienzo a la parte oratoria, damos la palabra al señor Edil Gustavo Osta.
SEÑOR OSTA.- Gracias, señor Presidente.
La Junta Departamental de Montevideo tiene hoy el honor de realizar esta sesión extraordinaria de homenaje a don Alberto Spencer. Por lo tanto, se honra y se alegra de recibir, en primera instancia, a sus familiares, a los integrantes del Consejo Directivo de su club, el Club Atlético Peñarol, representados aquí por su Presidente Honorario, el ex Presidente de la República doctor Julio María Sanguinetti; el escribano Scaglia; el señor Errico; el contador Gedanke y el señor Amoretti; y al señor Embajador de Ecuador, Dr. Leonardo Carrión.
Cuando hace unos días sentimos las ganas ‑porque la verdad es que lo hicimos con muchas ganas y alegría‑ de solicitar al Cuerpo la realización de este homenaje, lo hicimos a los efectos de resaltar la personalidad de Spencer en los dos aspectos en los que brilló más alto: en lo futbolístico y en lo humano.
Para comenzar con lo futbolístico ‑que es lo que nos eriza a los que somos de Peñarol, a los que llevamos en la sangre esta camiseta‑ quiero compartir con ustedes algunas de las imágenes que registran los mejores momentos, los mejores minutos de la magia de Alberto Spencer, en un video amablemente cedido por Estadio Uno.
(Se exhibe video)
(Aplausos)
______Señor Presidente: en este pequeño resumen vimos parte de esa gloriosa trayectoria de 54 goles en la Copa Libertadores de América, de dos campeonatos intercontinentales, de Copas Libertadores de América, de 510 goles en su carrera deportiva. Vimos la excelencia de un hombre que en lo que él quería, en su vocación ‑que era el deporte, el fútbol‑, logró el éxito y el reconocimiento más importante que puede tener un jugador de fútbol, que es, antes que nada, el cariño de su gente. No solamente el cariño de su gente, de quienes profesamos esta religión ‑porque para nosotros Peñarol, disculpen la digresión, es una religión‑, sino también de quienes tuvieron la oportunidad de enfrentarlo en la cancha: sus adversarios, que como bien se ha dicho, nunca fueron enemigos y que reconocieron en él no solamente a la brillante figura del deporte, sino al gran ser humano, a la gran persona.
Hace unos días leí una entrevista que le hicieron creo que en “Crónicas Económicas”. Le preguntaron sobre aquella famosa parada de pecho de Carrizo, el golero de River, en la final del ’66, y él contesta que efectivamente era así, que le dio un poquito de rabia esa jugada de Amadeo, pero que el resultado ayudó. ¿Y qué dice hoy Amadeo Carrizo cuando se entera de que ha fallecido Alberto Spencer? Dice lo siguiente: “Spencer fue uno de los mejores cabeceadores que he visto. Era muy completo, del tipo de Pelé, Di Stéfano o Morena. Este ecuatoriano fue muy importante en el fútbol y a eso se le agrega que fue una gran persona. Si es que voy a Montevideo, no hay dudas de que iré a dejarle una flor. Él se lo merece”. Y Amadeo Carrizo acá habla de Pelé.
¿Y qué cuenta Forlán que opinaba Pelé de Spencer? Voy a leer una nota que dice: “Pablo Forlán, compañero de Spencer en la gloriosa década aurinegra de los ’60, reveló una anécdota muy jugosa: ‘Cuando jugaba en Brasil, me encontraba mucho con Pelé. Un día, en un hotel mientras hablábamos de fútbol y de todos los goles que él había hecho, me confesó: ‘Te voy a decir algo, Pablo, alguien que cabeceaba mejor que yo era Alberto Spencer’ ”.
De alguna manera, quien logra transitar por una actividad apasionante, en la que se liberan las pasiones, en la que a veces la confrontación lleva a situaciones no deseables, cuando uno ve que en ese ambiente duro y difícil hay personas que logran generar este tipo de opinión, de sentimientos en personas tan importantes y tan diversas, nos parece que es verdad que estamos frente a un hombre importante.
Basta con ver la prensa de esos días para darse cuenta de la real dimensión que tenía este hombre de dos países, de dos naciones, con un corazón tan grande que entraba en dos camisetas: “Gracias Alberto”, “Alberto Spencer despedido entre llantos y aplausos” y “Ecuador veneró a su ídolo”. Esta última es una noticia que para aquellos que no están en el ambiente del fútbol o al tanto de todo el desarrollo de las noticias a nivel internacional no lo saben, pero es verdad. Ese Alberto Spencer que nosotros decimos que es tan uruguayo como ecuatoriano es un héroe en su país.
Destacaba la prensa también que por lo menos un par de estadios van a llevar su nombre.
Nosotros, desde la Junta Departamental de Montevideo, pensamos que es importante el ejemplo deportivo de Spencer y también destacar los valores que nos ha dejado. Yo lo resumía de alguna manera cuando solicitábamos esta sesión: “Su ejemplo de vida es hoy una cantera de principios y valores; un espejo donde la sociedad uruguaya y más aún las nuevas generaciones sabrán tomar referencia”. Cuando uno ve la trayectoria, el ejemplo de vida de Spencer, ve que es bueno que los niños vean en ese hombre y en su peripecia de vida un ejemplo, alguien que supo, con su ejemplo, transmitir valores como los que señalábamos recién: el respeto, la hombría de bien, que toda actividad debe llevarse adelante con convicción, con honradez, con honorabilidad, con respeto, que la tolerancia es un valor. Eso es bueno que los jóvenes y los niños lo vean en ejemplos del mundo del deporte, porque es una referencia importante y significativa para la vida de las generaciones futuras.
El doctor Julio María Sanguinetti, Presidente Honorario de Peñarol, decía, el día que lo despedíamos, que ejemplos como Spencer son los que dignifican la raza humana. “Alberto tuvo partidarios, pero nunca enemigos. Se desprendió de esta vida terrenal para pasar a la leyenda, al mito, a la historia y el recuerdo. Algunos seres dignifican la raza humana. Y uno de ellos fue Alberto Spencer, a quien despedimos en su tránsito hacia la gloria.”
Todas estas cosas, señor Presidente, son las que a nuestro entender reflejan esta personalidad y las que a partir de esta sesión nos inspiran, como Junta Departamental, como órgano de la esfera pública representativa de la voluntad de los montevideanos, a impulsar este tipo de acciones que difundan estos valores.
Todos sabemos que hace falta que transcurra determinado tiempo para que uno pueda, a nivel municipal, proponer que una calle lleve el nombre de Alberto Spencer. El otro día conversaba con el escribano Scaglia, y me decía: “Sería importante que una calle de Montevideo tuviera el nombre de Spencer”. Desde luego, faltan unos años; hay una legislación departamental que lo determina, pero queríamos dejar asentada esta iniciativa aquí, hoy, para que cuando se cumplan los requisitos pertinentes esta propuesta sea una realidad.
Y bueno, se fue un grande; se fue un hombre que convocó a la pasión a una cantidad importante de uruguayos y ecuatorianos; un hombre que en el momento de fallecer levantó la pluma de varios medios de comunicación en todo el país, en América Latina, en el mundo. La prensa daba cuenta esos días de cómo, en tan variados puntos del planeta, se referían con respeto, con admiración, a la muerte, a la desaparición de Alberto Spencer.
Hace unos días, cuando lo despedíamos, hubo opiniones importantes de futbolistas y de gente vinculada al deporte y a la actividad pública, pero también estuvo la voz del hincha anónimo, que registraba el diario “El País”. En esos momentos, con un poco de rabia, de desazón, decía: “¡Hasta siempre, Alberto! ¡Y que viva Peñarol!”
Yo digo, señor Presidente: ojalá que el ejemplo, la experiencia de vida y la luz que Alberto Spencer reflejó ilumine hoy más que nunca el camino de nuestro querido Club Atlético Peñarol.
Muchísimas gracias.
(Aplausos)
SEÑOR PRESIDENTE (Ferrer).- Para continuar, tiene la palabra la señora Edila Susana Pereyra.
SEÑORA S. PEREYRA.- Gracias, Presidente.
Queremos saludar y dar la bienvenida a esta Junta Departamental a los familiares de Alberto Spencer, a las autoridades presentes, al señor Embajador, al señor ex Presidente de la República y a todos los que están representando a la Directiva de Peñarol.
Yo quería decirle, Presidente, que pensé mucho en esta intervención, porque todos nos conocen y saben que yo soy muy hincha de Peñarol ‑muy, pero muy hincha‑ y pensaba que cuando uno interviene en la Junta suele documentarse, buscar información, a fin de poder brindar distintos elementos, como lo hizo muy bien el Edil Osta. Como estaba segura de que él lo iba a hacer, yo pensaba en cómo podía ser mi intervención. Resolví hacerla de acuerdo a mi experiencia, a mi vida ligada al hecho de ser, como decía, tan hincha de Peñarol. Me retrotraje en el tiempo y la síntesis de esto empieza diciendo que yo fui una niña feliz, muy feliz, y parte de esa felicidad me la dio el Club Peñarol. Protagonista de esos triunfos de Peñarol fue Alberto Spencer.
Mi historia como hincha de Peñarol comenzó desde muy chica; tengo tíos y una familia muy hincha de Peñarol, salvo mi mamá, que fue hincha de Nacional ‑¡pobre!‑…
(Hilaridad)
______...y yo fui su más grande frustración. Esos tíos, que tenían unos cuantos sobrinos, en las Fiestas, en las Navidades, en Reyes, por suerte nos dejaban a todos, a los varones y a las mujeres, el equipo de Peñarol. La abuela vivía muy cerca del Estadio Centenario; entonces, nos reuníamos en la casa de los abuelos, comíamos temprano y los domingos nos íbamos caminando, los tíos y los sobrinos ‑los más grandes, por lo menos‑, al Estadio a ver a Peñarol.
Después, crecí en un barrio de Montevideo de esos bien barrio, de esos barrios donde la sociedad, por lo menos la de Montevideo, estaba reflejada: estaban los hijos del profesional, del maestro, del empleado público, de la señora que hacía la limpieza, de los comerciantes del barrio. Teníamos una barra hermosa en la cual la gran mayoría éramos hinchas de Peñarol. Ahí transcurrió la gloria de los ’60 de Peñarol y nosotros disfrutamos como ninguno; disfrutamos las Libertadores, disfrutamos las Copas del Mundo que ganó Peñarol; nosotros no cabíamos en nuestra alegría. En ese barrio el dueño de la barraca era de Peñarol, y cuando ganábamos algún campeonato importante nos íbamos en la camioneta de la barraca a esperar a Peñarol al Aeropuerto, hacíamos todo el recorrido y disfrutábamos como nunca.
¿Y quién se puede olvidar de ese Peñarol que estaba formado por Mazurkiwicz en el arco, Caetano, Forlán, Figueroa, Gonçalvez, Abbadie, Rocha; esa gloriosa delantera de Peñarol formada por Abbadie, Rocha, Silva, Spencer y Joya? ¿Quién se puede olvidar de los goles de Spencer en Europa que nos hicieron ganar el campeonato del mundo, los dos goles que le hizo al Real de Madrid, y el gol que hizo en Montevideo? ¿Quién se puede olvidar, como bien decía el Edil Osta, de toda la gloria de las Libertadores, de esos cincuenta y tantos goles?
Creemos que es un merecidísimo homenaje este tan humilde que le hacemos desde la Juntaepartamental.
Hasta acá hablé de las glorias y de lo que disfruté. Después, por esas cosas de la vida, Guillermo Escalada fue ‑digo fue porque se jubiló‑ chofer de mi esposo. Entonces, en un evento en la Embajada de Ecuador, llegamos, saludamos a Spencer y le hicimos el comentario. Inmediatamente salió a saludar a Guillermo Escalada y organizaron un asado con una barra de ex jugadores de fútbol que eran de distintos lugares, de distintos cuadros, pero que se tenían un cariño especial y se seguían viendo.
Digo esto porque Escalada me habló maravillas de Spencer; habló de su hombría de bien y de cosas que uno escuchaba y sabía, pero fue otra cosa haberlo escuchado con tanto calor, con tanto respeto y afecto, hablar de ese ser del que acá muchas personas dijeron lo importante, lo buena gente, lo sensible que era, incluso que era adversario en la cancha y no más allá. Ahí se corroboraban y confirmaban todas las cosas que se dijeron y que uno leyó antes de este humilde homenaje que estamos realizando en la Junta.
Y sigo reafirmando lo que decía el Edil Osta: que importante es, sobre todo para el fútbol de hoy, no sólo para el de nuestro país sino para el del resto de la región y el mundo, contar con gente que haya dejado esa imagen, porque hay que rescatar muchísimo los valores humanos, los valores del respeto, los valores y la dignidad del hincha, que tienen que ver con disfrutar de su cuadro, con disfrutar de las glorias, con padecer los sufrimientos cuando no están esas glorias, pero por sobre todo ser positivos, y ser positivos dentro de un cuadro con la grandeza de Peñarol, porque los otros que hay son tan grandes o iguales que Peñarol, pero nosotros somos de Peñarol y para nosotros es el mejor.
Entonces, yo creo que esos valores son los que los directivos de Peñarol, los hinchas de Peñarol, la gente que queremos tanto a Peñarol tenemos que rescatar y transmitir, porque estamos en un momento en cual en el fútbol no pasa todo lo que nosotros quisiéramos y se han perdido algunos valores, por poca gente, pero se han perdido. Y creo que hoy el mejor homenaje a Alberto Spencer es trasladar sus valores, su hombría de bien, porque hoy no alcanza sólo con ser buen jugador o muy buen jugador ‑como lo fue Spencer‑, sino que hay que tener valores, don de gentes. Esas son las cosas que él nos dejó y que nosotros tenemos la obligación de transmitir.
Saludo muy afectuosamente a la familia y seguiremos en ese propósito, porque él ha sido una gloria del fútbol y nosotros tuvimos la suerte de tenerlo en Peñarol.
Gracias.
(Aplausos)
SEÑOR PRESIDENTE (Ferrer).- Tiene la palabra el señor Edil Gabriel Weiss.
SEÑOR WEISS.- Señor Presidente: también hablaremos desde un corazón aurinegro, porque no puede ser de otra manera, y diremos que en la década del ’60 y siendo bastante pequeños íbamos con nuestro padre al Estadio; por supuesto que nosotros no seguíamos las alternativas del partido, pero no olvidaré jamás cuando mi padre y su amigo ‑bastante grandote‑ se levantaban a gritar los goles y nos pisaban los pies, porque en el momento en que se levantaban a gritar algún gol de Spencer, de Rocha o de algún glorioso jugador de ese equipo, se olvidaban de que estaba su hijo sentado allí; tanta era la pasión que despertaba su cuadro, Peñarol.
Pero sí quiero decir algunas cosas brevemente. La gloria, que es algo que está dado a pocos y tal vez a pocas generaciones, no es la lluvia de papelitos que vemos cuando termina la Copa Libertadores de América ‑ojalá estuviéramos nosotros, naturalmente, en ese evento‑; la gloria son las acciones, los hechos personales o colectivos que proyectan a una generación, a un ser humano o a un país hacia el futuro y lo graban en la memoria para siempre; eso es la gloria. Y por supuesto que Spencer está asociado a ella, no a partir de que dejó este mundo, sino que desde siempre está asociado a la gloria por sus virtudes deportivas, por su capacidad de jugar en equipo y de ensamblarse en un equipo ‑porque eso era el Peñarol del ’66: un equipo‑, por su corazón abierto, por la pasión que ponía en la cancha y por la belleza que generaba.
No olvidemos que el fútbol es cultura, porque el fútbol es una creación humana, es una expresión de los pueblos. Cada país tiene su identidad y juega un fútbol que tiene que ver con su forma de sentir, con su forma de expresarse, con su forma de apropiarse del mundo y de devolverlo.
También es bueno señalar que ese Peñarol no era un equipo que estaba integrado solamente por uruguayos; ahí hay una clave importante para analizar. Es verdad que con Ecuador nos hermanan muchas cosas; muchas cosas nos hermanan con el pueblo ecuatoriano. Nos hermana también Alberto Spencer, nos hermana la belleza que se genera en un campo de fútbol; nos une de una manera indisoluble nuestro pasado, nuestra historia común, nuestra lucha para que nuestros países tengan un lugar en el mundo, para que nuestros países sean verdaderamente independientes, sólidos, porque sí son vigorosos, sí tienen una potencialidad espiritual enorme, y eso nadie lo puede negar. Y Spencer es un representante de esa espiritualidad latinoamericana volcada en una cancha de fútbol.
Spencer es la belleza en un campo de juego; Spencer es un puente entre Uruguay y Ecuador, un genuino hombre nacido en el continente sudamericano, un orgullo para los ecuatorianos, para los uruguayos y para los latinoamericanos.
Spencer es un espejo en el que debemos mirarnos para pensar que no está tan lejos la posibilidad de volver a alcanzar la gloria, de volver a sembrar de belleza los campos de fútbol, de volver a poner de rodillas a estadios como el Bernabeu, que es un estadio para que muy pocos ‑los elegidos‑ vayan y ganen, no un partido amistoso, sino una final de Copa Intercontinental.
Pensar en Spencer, pensar en el Peñarol del ’66, pensar en esa unión con el fútbol ecuatoriano ‑que hoy es un fútbol bueno, que compite pero no en el sentido mercantilista, un fútbol que va a un mundial y uno lo ve con agrado, lo ve con alegría, un fútbol que tiene futuro‑, es pensar que desde acá nosotros también podemos trabajar para que nuestro fútbol verdaderamente tenga un futuro y ocupe nuevamente un sitial de privilegio. No en contra de nadie, sino a favor de una historia que está allí latiendo, y de la que Spencer es un integrante, un hombre que se ha ganado su lugar en el fútbol del mundo, en el fútbol de Sudamérica y en el fútbol de Uruguay.
Por lo tanto, ¡salve, Spencer! ¡Salve, el glorioso Club Atlético Peñarol! ¡Salve, hermanos del Ecuador! ¡Salve, Uruguay!
Gracias, señor Presidente.
(Aplausos)
SEÑOR PRESIDENTE (Ferrer).- Tiene la palabra el señor Edil Fernando Ripoll.
SEÑOR RIPOLL.- Muchas gracias, señor Presidente.
En primer lugar, quiero saludar a los familiares de Alberto Spencer; al señor Embajador de Ecuador; al doctor Julio María Sanguinetti, ex Presidente de la República; y a los directivos de Peñarol, representados por el escribano Ricardo Scaglia.
Nosotros vamos a referirnos brevemente a algunos aspectos de quien fuera un ídolo de dos pueblos, al hombre, al jugador, al diplomático y al caballero.
El hombre. Alberto Spencer, hijo de un negro jamaiquino y de una morena de Guayaquil, fue el más grande futbolista ecuatoriano de la historia. Nació en Ancón, pueblito petrolero próximo al Océano Pacífico. Surgió de un pequeñísimo club de Guayaquil, el Everest. Juan López, el técnico de Uruguay campeón mundial de 1950, estaba dirigiendo a la selección de Ecuador y lo descubrió. Vio en él a un atleta fantástico y a un gran goleador en potencia. Lo recomendó a Peñarol de Montevideo, y así, en enero de 1960, el alto y delgado moreno de Ecuador se convirtió en jugador del gran equipo uruguayo.
El día en que se jugó el primer partido de la historia de la Copa, Peñarol goleó a Jorge Wilstermann de Bolivia por 7 a 1, y el joven Spencer debutó haciendo 4 goles; fue toda una premonición. En el correr de los años, y hasta 1972, Spencer marcó 54 goles en la Libertadores, 48 con Peñarol y 6 defendiendo los colores del Barcelona de Quito. Con ello es el máximo artillero de la historia de la Copa; lo sigue Fernando Morena ‑quien también es un ídolo para todos nosotros, los “manyas”‑ con 37 conquistas. Estoy convencido de que nadie va a alcanzar esa marca de 54 goles en una Libertadores.
En otro aspecto de su vida, como jugador, dice el párrafo de un artículo escrito hace muchos años, que nadie sabe muy bien de quién provino: “Su figura morena está adherida para siempre a la historia de la Copa. Parecía un puma agazapado y expectante en el bosque de zagueros de las defensas adversarias. De pronto, como impulsado por un mágico trampolín, salía como un filoso cuchillo de su vaina buscando la inmensidad del cielo. Y, cuando estaba en lo más alto, cuando ya había superado en el salto a todos sus rivales, aplicaba el feroz zarpazo. El final era siempre el mismo: el balón en el fondo de la red, los defensas mirándose impotentes entre sí mientras él iba a desparramar su alegría frente a las tribunas”.
Ese era Alberto Spencer: un atacante velocísimo, de gran físico y un juego aéreo que bien podría ser de un británico, dado que éstos son los especialistas en eso. En sus 519 encuentros oficiales de liga en Peñarol, anotó 326 goles, mérito enorme porque jugaba con otros artilleros a su lado, como eran Pedro Rocha y Juan Joya, que no se la servían a él, sino que remataban ellos mismos al arco por sus propias características, y también hacían muchísimos goles.
En cuanto a su cargo diplomático, debo decir que, tras retirarse del fútbol en 1973, Spencer retornó a Montevideo, la ciudad de sus grandes victorias, donde crió a sus hijos. En 1982, en virtud de sus grandes cualidades humanas y deportivas, el Gobierno del Ecuador, presidido entonces por el doctor Oswaldo Hurtado, lo nombró Cónsul de ese país en Uruguay, cargo que desempeñó por muchísimo tiempo.
Spencer fue binacional, porque también fue un poco de Uruguay, de nuestra selección. Spencer encarnó un caso único en la historia del fútbol: jugó para dos selecciones al mismo tiempo. En 1959 disputó el Sudamericano para Ecuador; el 19 de junio de 1962 enfrentó a Checoslovaquia en Montevideo, defendiendo a un combinado uruguayo; el 6 de mayo de 1964 debutó oficialmente para la selección uruguaya en el citado compromiso en Londres, partido que ganó Inglaterra 2 a 1. Posteriormente, enfrentó a Austria ‑2 a 0‑, y a Unión Soviética, 0 a 1. En 1965 volvió a calzarse la camisa tricolor de Ecuador, durante la eliminatoria del Mundial de Inglaterra, y en 1967, retomó la celeste en dos encuentros ante Perú, en Lima.
Spencer, el caballero. Fue lo que los norteamericanos llaman un self made man, un hombre hecho a sí mismo. Poseyó la grandeza de los que vinieron bien de abajo, y, sin perder la noción de su origen, progresó en la vida y supo acomodarse a las distintas situaciones que su fama le imponía
Triple campeón de América, máximo goleador de la Copa, con una cifra inalcanzable: 54 goles. En medio de muchas luminarias, fue la estrella de la noche.
Tenemos la suerte de que dos de los titulares de la bancada del Partido Nacional son de Peñarol; es una cosa bastante rara en estas épocas: blanco y de Peñarol. Dos de los tres titulares son de Peñarol; le vamos ganando 2 a 1 al “bolso”.
Yo tengo aquí en mi banca el escudo del Quinquenio de Peñarol. Este escudo tiene para mí mucho valor porque un amigo que me escuchó hablar de Peñarol en un programa de radio me lo trajo y me dijo: “Te lo doy de corazón; es un escudo del Quinquenio, que me regalaron”. Yo creo que este escudo representa para los “manyas” el corazón; el escudo es el corazón de Peñarol.
En estas épocas difíciles por las que estamos pasando, quiero agradecer públicamente a Gregorio Pérez, que nos ha devuelto la alegría, y a Paolo Montero, que es un ídolo para mí, un referente. Les pido a ambos que sigan adelante y que Paolo complete el año para que este campeonato termine con Peñarol saliendo campeón.
En el deporte Spencer fue un profesional intachable. En el área era una fiera al acecho, y en sociedad fue todo un caballero. Se retiró de la fiesta a su modo, en silencio, sin una palabra ni una copa de más.
Espero que Alberto Spencer, el goleador de América, que llegó desde el Ecuador para darnos tantas alegrías, siga brillando desde el cielo.
Muchas gracias.
(Aplausos)
______Señor Presidente: solicito que la versión taquigráfica de mis palabras sea enviada a sus familiares, al Club Atlético Peñarol, al Gobierno del querido Ecuador a través de su Embajada, al Parlamento Nacional y a la Intendencia Municipal de Montevideo.
Muchas gracias.
SEÑOR PRESIDENTE (Ferrer).- Así se hará, señor Edil.
SEÑORA RONDÁN.- Pido la palabra para una cuestión de orden.
SEÑOR PRESIDENTE (Ferrer).- Para una cuestión de orden, tiene la palabra la señora Edila Glenda Rondán.
SEÑORA RONDÁN.- Muchas gracias, señor Presidente.
Dadas las características de la sesión, muy bien implementada por el señor Presidente, quiero señalar que no es que los hinchas de Nacional no queramos sumarnos a este homenaje y bajar nuestras banderas en señal de sentimiento y dolor por la pérdida de Spencer, sino que así fue estipulada la sesión.
Yo soy colorada y soy de Nacional.
Gracias.
(Aplausos)
SEÑOR PRESIDENTE (Ferrer).- En representación del Club Atlético Peñarol, tiene la palabra el escribano Ricardo Scaglia.
SEÑOR SCAGLIA.- Señor Presidente Honorario de Peñarol, doctor Julio María Sanguinetti; señor Embajador de la hermana República de Ecuador; señores Ediles; señora de Spencer; Jacqueline Spencer; “Beto” Spencer; nietos: yo escuchaba las palabras que iban fluyendo aquí en esta Sala y me preguntaba qué agregar, qué agregar a todo lo que se ha dicho sobre Alberto Spencer, a las palabras que escuchamos de nuestro Presidente Honorario, del Embajador, del Presidente de la República de Ecuador, de la prensa, de todos.
Como decía muy bien Osta, cuando alguien genera ese sentimiento unánime es porque es distinto a todos. Realmente, Alberto era una persona distinta. Era un crack en la cancha y fuera de la cancha, como todos lo han dicho. Pero no se creyó nunca un crack; esa es la ventaja de los verdaderos cracks.
La señora Edila y el señor Edil compartían con nosotros sus recuerdos de cuando eran niños. Y yo hice lo mismo: entré a rebobinar en busca del primer recuerdo que tengo del fútbol, y desperté en las rodillas de mi abuelo, allá por el año ’61 ó ‘62 ‑yo tendría cinco o seis años‑, durante un partido entre Peñarol y Defensor en el que íbamos perdiendo. Como hasta el ’66 no pude ir al Estadio ‑vivíamos en las afueras de Montevideo, en un hogar muy humilde‑, escuchaba los partidos en una radio grande que tenía, pintada a franjas. Recuerdo que ese día yo lloraba al lado de la radio, sentado en las rodillas de mi abuelo. Y cuando a uno un ser querido le decía: “Vamos a ganar” y después ganábamos, uno lo idolatraba, se convertía en una especie de profeta. Ganábamos a lo Peñarol.
Me acuerdo que había un comentario permanente del partido, porque si atajaba la pelota en aquel momento Maidana, como después atajó Mazurkiewicz, se hacía un comentario de equiparación con Roque Máspoli; y si William Martínez trancaba o el capitán era el “Tito”, se comparaba con el anterior capitán, Obdulio, que hacía diez, quince años había ganado la Copa del Mundo. Lo mismo pasaba con las chilenas de Míguez, o con los balazos de Hohberg, o con los de Rocha, que podía imaginar, como imaginaba a Spencer.
A veces leíamos algún diario viejo en algún almacén y veíamos las flechitas que marcaban la foto de Alberto, después del cabezazo y con la pelota camino a la red.
Era muy difícil que un niño de esa época no se hiciera fanático del fútbol, pero no sólo por Peñarol, porque nuestro tradicional rival también tenía un gran equipo; ambos tenían grandes equipos, y se hacían grandes y hacían grande al fútbol uruguayo.
Yo pienso que nada más podemos agregar a lo que se ha dicho de Alberto aquí y en distintos lugares del mundo; es imposible. Pero si pudiéramos comunicarnos con él aquellos que tuvimos la dicha de conocer a un ídolo, creo que Alberto, con sus palabras, diría: “¡Bah…! ¡El triunfo no era mío, era de todos los muchachos...!”. Creo que quienes mejor conocían a Alberto son sus hijos y pueden decir que era así. Él jamás se atribuía un triunfo, por más que los goles vinieran por él, que era el goleador, pero su humildad lo llevaba a decir que eran los muchachos.
Hace unos años un grupito de peñarolenses fundó el Club del ’66, donde se hacían de tanto en tanto comidas. Alberto era el paladín, el que convocaba a todos. El anecdotario de ese club era increíble. ¡Lo que uno se enriquecía escuchándolos a él, al “Tito”, a todos! ¡Era increíble!
Ayer, por ejemplo, hablaba con Juan Joya ‑les comento que está padeciendo una enfermedad muy difícil, pero les mandó saludos a todos y muy especialmente a la familia de Alberto‑ y le pregunté la duda que teníamos todos. Le dije: “Juan: ¿cuál era el más rápido de ustedes dos?”. Me respondió: “Una sola vez corrimos en Las Acacias y el único testigo fue Roberto Matosas. Yo salí primero, porque Alberto se durmió, y después lo sentí pasar, haciendo un ruido como cuando vuela una cantidad enorme de palomas ‑¡paf, paf, paf!‑; así me pasó en los primeros cincuenta metros, pero al final de los cien metros estábamos iguales. En el pique corto Alberto era mucho más veloz que yo, por eso siempre estaba en la definición”.
Como les decía, si tuviéramos a Alberto aquí, nos diría: “Los que ganamos somos todos, aunque hubiésemos jugado diez minutos en un partido”.
Uno dice: “Salió campeón de América, ganó esto, ganó lo otro...”, y allí vemos realmente lo increíble de los logros que se obtuvieron, porque pensemos en esos diez, once años entre el ’60 y el ’70: Copa Libertadores del ’60 ‑hay goles de Alberto en las semifinales y en las finales‑; Copa Libertadores del ’61; Copa Intercontinental, en cuya final aquí hace el gol contra Palmeiras. Estoy hablando de las finales de las Copas Libertadores de América. Lógicamente, también festejamos el Quinquenio en el ’62; hacía seis o cinco años que veníamos saliendo campeones.
SEÑORA S. PEREYRA.- Había banderines que decían: “Pentacampeones”
SEÑOR SCAGLIA.- Yo, de eso, no me acuerdo.
(Hilaridad)
______En el ’63 ‑como él lo decía, como nos contaba‑, ¡cómo nos distrajimos en el campeonato uruguayo! Porque, lógicamente, había que jugar la final y dedicarse a la Copa Libertadores… La final la tuvimos con Santos ‑un equipo tremendo: Dorval, Mengalvio, Coutinho, Pelé y Pepe jugaban adelante en el Santos‑ y perdimos. Nosotros no contamos para nada los vicecampeonatos; nunca los contamos ‑a nadie le gustan‑; pero hoy, de pronto, llegar a una final era importante para nuestro Club.
En el ’64 y ’65 no tuvimos Libertadores, pero salimos campeones invictos los dos años. En el ’66, como decían estos grandes campeones, también nos distrajimos. Hubo dos goles de Alberto en la final de la Copa Libertadores. Y en la final de la Intercontinental también, con otro gol de Alberto.
Y este era el partido. Uno siempre recuerda y habla del 4 a 2. Pero todos los que jugaron el partido en Madrid dicen ‑como también Alberto y Julio César Abbadie, con quienes estuvimos en la hora previa, junto con Beto, antes de que partieran a Estados Unidos‑ que el mejor partido de la historia del Peñarol de la década del ’60 fue el 2 a 0, en Madrid, contra el Real Madrid. A tal punto era así, que él se va diciéndonos: “El 26 de octubre vamos a hacer un gran festejo”. Ya lo habíamos acordado en una visita que hizo Pedro Rocha dos o tres meses atrás. Después, cuando sale de la operación, Jacqueline me dice: “Papá salió bárbaro, pero no va a estar para el 26; pero vamos nosotros”. Pensábamos festejar y comunicarnos con Alberto, porque ese era el partido.
Llegan el ’67 y el ’68, años en los que fuimos campeones invictos; y en el ’79, la Supercopa. O sea, es impresionante: todos los años había festejos. El goleador de las finales, el goleador fundamental en ese gran equipo era Alberto Spencer.
Hoy me toca representar a mi querido Club en esta Sala. Agradecemos en nombre del Consejo Directivo de Peñarol el homenaje que se le hace a Alberto Spencer. Disculpamos la ausencia del contador Damiani, nuestro Presidente, quien, como ustedes saben, tiene problemas de salud.
Queremos extender también este homenaje a quienes, de una forma u otra, estuvieron siempre presentes en los equipos de esa famosa década ‑que no variaban mucho‑, porque todos ellos fueron jugadores notables.
Spencer, el goleador, también admiraba a quienes lo precedieron. Siempre nos contaba cuánto admiraba a Hobberg; a Míguez; a su compadre, el Tito Gonçalvez, a quien sentía gritando atrás; es un poco díficil para él concurrir; si no, hubiera estado acá. Spencer, el ídolo, admiraba a esos grandes. Admiraba a Roque, a Juan Alberto Schiaffino, si bien no llegó a compartir con él un partido; todos eran jugadores realmente notables.
Entonces, teniendo en cuenta esos logros obtenidos, el goleador, ese equipo, esos dirigentes fabulosos ‑el contador Gastón Güelfi, con el maestro Washington Cataldi a la cabeza‑, quiero pedir a todos los que estamos presentes hoy aquí, sin importar de qué equipo seamos ‑porque estos señores ayudaron a ser grande a Peñarol, pero muchísimo también al Uruguay‑, que nos pongamos de pie y demos un gran abrazo a todos en nombre de Spencer.
(Aplausos)
SEÑOR PRESIDENTE (Ferrer).- Queremos trasmitir al Cuerpo y a todos los presentes los saludos y excusas del Representante Nacional, doctor Miguel Asqueta, y de los Senadores de la República señores Gustavo Lapaz y Gustavo Penadés.
A continuación, damos la palabra al señor Embajador de la República de Ecuador, doctor Leonardo Carrión.
SEÑOR EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA DE ECUADOR (Leonardo Carrión).- Gracias, señor Presidente.
Miembros de la Junta Departamental, doctor Sanguinetti: yo voy a decir muy pocas palabras.
Estoy profundamente emocionado, como ecuatoriano y como Embajador del Ecuador.
Alberto fue mi colaborador. Trabajé tres años con él, y lo conocí íntimamente en su vocación de servicio. Aquí lo han descrito extraordinariamente bien; es difícil agregar más a lo que ustedes han dicho. Simplemente, yo viví eso con él: su sencillez, su humildad ‑le molestaba que le agradecieran‑, su capacidad de ayuda en silencio. Muchas veces llegaban ecuatorianos con problemas. Lamentablemente, el Uruguay se ha vuelto ‑aunque no mucho‑ un camino de inmigrantes ilegales. A esa gente, que se encontraba en la peor situación, Alberto le pagaba el hotel y la ayudaba. Simplemente lo hacía, y no aceptaba que se lo agradecieran; no quería reconocer que lo había hecho, porque para él era algo normal; era su actitud frente a la vida.
Alberto era lo más uruguayo que yo he conocido, sin haber dejado de ser ecuatoriano en lo más mínimo. La suya era una perfecta simbiosis entre ambas nacionalidades, lo cual demuestra que ser sudamericano era muy fácil. Tenía todos los dichos uruguayos y todos los ecuatorianos, y era increíble cómo los mezclaba con la mayor naturalidad, en el momento oportuno y con una sencillez y una simpleza extraordinarias.
Para mí, llegando a Montevideo, salir a la calle con Alberto era una experiencia extraordinaria: toda la gente lo saludaba; paraban los carros, la gente bajaba el vidrio y le decía: “Che, Alberto”, “Hola, Alberto”. Ir al Mercado del Puerto con Alberto era un problema: no acabábamos de comer nunca, ya que la gente lo saludaba, no querían cobrarle, mandaban botellas de vino, de whisky, etcétera. Era una experiencia única.
Ese era el afecto que el pueblo uruguayo le tenía.
Yo creo que, a diferencia de mucha gente, Alberto recibió un homenaje durante toda su vida. El homenaje que el pueblo uruguayo y el pueblo ecuatoriano le dieron fue en vida, en la calle, a través de la gente simple. Él no necesitaba una calle ni un monumento; era la gente en la calle la que lo reconocía, lo saludaba y lo aplaudía. Había hasta niños que le pedían autógrafos; porque gente de mi edad sí lo vio jugar, pero había niños que lo paraban en la calle y lo reconocían.
Simplemente quiero reconocer eso de Alberto. El pueblo ecuatoriano le rindió un gran homenaje cuando supimos de su fallecimiento. El Presidente del Ecuador estuvo aquí, y aquí se le hizo un homenaje. El Ecuador hizo todo lo posible por ayudarlo; lo hizo bien, porque Alberto era sumamente importante para nosotros.
Se fue. Hoy queda el recuerdo, queda su imagen, queda el enorme afecto y también la vinculación que Alberto brindó a los dos pueblos, uniéndolos en uno solo.
Por lo tanto, quiero agradecerles a ustedes especialmente por este extraordinario acto.
Muchas gracias.
(Aplausos)
SEÑOR WEISS.- Pido la palabra.
SEÑOR PRESIDENTE (Ferrer).- Tiene la palabra el señor Edil Gabriel Weiss.
SEÑOR WEISS.- Voy a solicitar que la versión taquigráfica de las palabras vertidas en este homenaje pasen también a la Intendencia Municipal de Montevideo, a la Asociación Uruguaya de Fútbol y a la Confederación Sudamericana de Fútbol.
SEÑOR PRESIDENTE (Ferrer).- Así se hará.
Agradeciendo a todos la presencia, damos por finalizado este acto.
(Es la hora 17:10)