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Acta
Nº 1294 |
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Sesión extraordinaria celebrada el 19 de octubre de 2006 |
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Departamento de Taquígrafos - Departamento
de Trámite Legislativo |
En Montevideo a los diecinueve días del mes de octubre de dos mil seis, siendo la hora dieciseis y diez minutos, celebró SESIÓN EXTRAORDINARIA la JUNTA DEPARTAMENTAL DE MONTEVIDEO, bajo la Presidencia de:
DON EDUARDO PEREYRA, 1er, Vicepresidente.
Secretaría de los señores: Jorge Simón, Secretario General; José María Bidegain, Secretario General Adjunto y Hugo Ubilla, Secretario.
Con la asistencia de
los señores Ediles:
PEREYRA, SUSANA MENDIONDO, DARI
PLACERES, DANIEL AYESTARÁN, TERESITA
CALANDRA, MARIO FACHINETTI, ÁNGEL
CURUTCHET, OSCAR OSTA, GUSTAVO
GONZÁLEZ, MIGUEL CANTERO, FITZGERALD
CARRASCO, MARCELO GLOODTDOFSKY, ANÍBAL
SILVA, GASTÓN RIPOLL, FERNANDO
MARTÍNEZ, LUIS GRAFFIGNA, DANIEL
AGUIAR, SILVIA
PAOLILLO, MIGUEL CASTRO, MARÍA
PRENDES, EDUARDO NIEVES, DANTE
MACHADO, EDGARDO MENESES, RUBEN
RISSOTTO, PEDRO
En uso de licencia, el
señor Edil: Pablo Ferrer.
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HOMENAJE EN CONMEMORACIÓN
DE LOS 90 AÑOS DE LA COLECTIVIDAD HELÉNICA DEL URUGUAY. (EXP. 2006-1132). |
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SEÑOR
PRESIDENTE (Eduardo Pereyra).- Buenas tardes.
Señoras y
señores; señores Ediles; señor Embajador de Grecia, Nicolás Dictakis; señor
Cónsul de Grecia, Konstantinos Kattoulas; señor Presidente de la Colectividad
Helénica del Uruguay, profesor Alejandro Pantazoglu; señora Basilia Síkalos de
Elefteriou; vecinos: es un gusto para esta Junta Departamental, y en
representación de los vecinos de Montevideo, realizar este acto y participar en
la conmemoración de los 90 años de la Colectividad Helénica del Uruguay.
Sin más
preámbulos, le vamos a dar la palabra a la señora Edila Silvia Aguiar.
SEÑORA AGUIAR.- Gracias, señor Presidente.
¡Kalispera giaoli! ¡Bienvenidos todos a
la Casa de los montevideanos!
Hoy la Junta
Departamental de Montevideo está de fiesta para homenajear a la Colectividad
Helénica en sus 90 años de actividad en el Uruguay.
Bienvenidas
autoridades de la Embajada de Grecia, Embajador Nicolaos Dictakis y Cónsul
Konstantinos Kattoulas, e integrantes de la Embajada; autoridades nacionales y
departamentales que nos acompañan; profesor Alejandro Pantazoglu, Presidente de
la Colectividad Helénica; licenciada Margarita Larriera, integrante de la
Fundación María Tsakos; bienvenidos todos y cada uno de los amigos de la
Colectividad Helénica hoy aquí presentes con nosotros.
La humanidad, a
lo largo de miles de años, ha migrado. Las migraciones explican la distribución
de la humanidad en el planeta Tierra. Migrar es una de las capacidades humanas;
es una capacidad cuyas huellas se rastrean desde la más remota prehistoria. Es
que los hombres son seres móviles, dotados de imaginación y de espíritu de
iniciativa; por esto es que migran, buscando aquello que consideren necesario
para vivir. Las razones pueden ser económicas, políticas, sociales o
religiosas.
Los helenos que
llegaron a nuestro país a principios del siglo XX lo hicieron por diversas
razones, pero fundamentalmente por las guerras. Viajaron seguramente junto con
otros inmigrantes, que posteriormente construyeron las bases económicas,
sociales y culturales del Uruguay moderno. Viajaron con sus herramientas de
trabajo; con su lengua, sus canciones y sus danzas. Viajaron desde su lejana y
hermosa tierra con una identidad cultural muy fuerte, muy singular: la
identidad cultural helénica, que posee valores fundamentales, como el amor a la
libertad, la resistencia y la lucha, el amor a la vida, la búsqueda de “aquello
que es imposible lograr”.
Quisiera recordar
hoy, particularmente, a aquellos inmigrantes helenos y a sus descendientes,
para los cuales hemos realizado esta sesión de homenaje; a aquellos primeros
que vivieron en la Ciudad Vieja y que luego se trasladaron a la Villa del
Cerro, donde fundaron la Iglesia de la Colectividad Helénica del Uruguay. Entre
ellos quisiera nombrar ‑si ustedes me permiten‑ a mis vecinos y
amigos. En primer lugar, a mi amigo Arístides Patakas y a sus hermanos
Constantino y Marcos; a Sonia de Issaris ‑de la que aprendí a realizar el
mousaká‑, a Giorgía Mitrópulos,
a Diana Espataki, a Jorge Papadopulos, a las familias de Néstoras, Eustathiou,
Haidopulos, Síkalos, Kotsachis, Phografos, Zafiriadis, Kípreos, Marta Roque
Minas, Graciela Zoografophos, y a Jorge, un griego solitario cuyo apellido
nunca supe que vivió en Santa Catalina, junto al mar; creo que hoy él también
está presente.
Amo a Grecia, lo
debo confesar, porque admiro al pueblo
helénico. Amar a Grecia es admirar a su pueblo y también a su tierra llena de
sol, como escribe Seferis; a la música rebétika y, por qué no, a caminar por
Plaka y “poner el alma a prueba para saber si tiene resistencia y valor” frente
a tanta belleza, pensando tal vez “que los hombres se unen y se separan como
las hojas que arrastra el viento”.
Una tarde en el
Pireo sentí cantar To Palikari echi Kaimó; luego me enteré de que hablaba de un
hombre joven, bueno y valiente. Alguien bailó Zembekiko, tal vez llegando con
ese ritmo a la unicidad de la pluralidad humana en su yo interior. Las cadenas se
rompen con un movimiento que dice libertad, y en el rostro del que danza se lee
“Soy Griego”. Luego tocaron los busukis.
Entonces, todos los que allí estábamos cantamos a la eleftería, a la libertad. Porque en Grecia nació la democracia, y
la democracia es acción. Pero paradójicamente Grecia estuvo bajo la opresión
turca durante 400 largos años.
Giannis Eustathiou, uno de los tantos emigrantes
que eligieron Uruguay, luchó contra los turcos con apenas 15 años, como tantos
otros helénicos. Sus hijas Aída y Catalina, que son mis amigas, sienten
especial orgullo de ello; y yo también. Pero Grecia no sólo vivió la opresión
turca: también estuvo bajo el dominio nazi y bajo el régimen de los coroneles.
El valor de la
libertad en esta cultura se expresa, entre otras cosas, en la danza. Ser heleno
es ser hombre libre, y esto se consigue luchando. Por eso admiro profundamente
a Glezos, el hombre que arrancó la bandera nazi enarbolada en la Acrópolis, y
admiro a los viejos muros de Atenas con la Zi de “Vive Lambrakis”. Admiro a las
mujeres de Zuli, que cantando al borde del barranco prefirieron la muerte antes
que la esclavitud; a Dora Satartu, que recogió las canciones y las danzas
populares de Grecia, como aquí nuestro querido Lauro Ayestarán; a Irene Papas
cantando las odas; a Giannis Ritsos, autor de “Epitafios”; a Odisea Elytys y a
Giorgio Seferis, que escribió “Un poco más”: “Un poco más / Y veremos florecer
los almendros, / brillar los mármoles al sol, / Y el mar, y las olas que
rompen. / Un poco más; / Elevémonos un poco más”. Admiro a Haris Alesius ‑gracias,
Alejandro‑, a Hadjidakis y al sin igual Mikis Theodorakis y la orquesta
popular que lleva su nombre, que hace unos días disfrutamos en la Sala
Zitarrosa.
Me gusta el demostikí ‑la lengua del pueblo‑,
pero no olvido la lengua griega que tantos aportes ha realizado a la nuestra;
especialmente la obra de Nikos Kazantzakis, el cretense que va más allá de la
vida misma, que nos conmueve y nos hace sentir más humanos. Precisamente su
obra “Zorba el Griego” está cumpliendo 40 años. En ella vemos bailar un hasapiko. “Viendo como Zorba bailaba” ‑dice
Kazantzakis‑ “comprendí por primera vez el esfuerzo quimérico del hombre
por liberarse de la gravedad, de la pesadez. Admiraba la fuerza, la
resistencia, la agilidad, el orgullo que mostraba su cuerpo en el movimiento,
las venas os desbordaban de energía y el corazón de bondad. Así fueses un
cordero, os volverías un león. De bronce habría de ser, de acero templado, el
alma humana y no de viento”.
En ese momento siento
que Zorba está con nosotros con su santuri.
¡Ven Zorba enséñanos a bailar!
(Se exhibe fragmento de la película “Zorba el griego”)
(Aplausos)
SEÑOR PRESIDENTE (E. Pereyra).- Gracias, señora Edila.
Tiene la palabra
el señor Edil Fernando Ripoll.
SEÑOR RIPOLL.- Muchas gracias, señor Presidente.
Para nosotros es
un gusto dirigirnos hoy a la colectividad helénica del Uruguay, que como
institución cumple sus 90 años. Queremos saludar a todos sus integrantes, al
público, a las señoras Edilas y a los señores Ediles; al Presidente de la
Colectividad Helénica aquí presente, profesor Alejandro Pantazoglu; al
Embajador de Grecia, señor Nicolaos Dictakis; al Cónsul de Grecia, señor
Konstantinos Kattoulas, y a la señora Basilia Síkalos de Elefteriou.
Quiero enfocar
este homenaje a la Comunidad Helénica desde una experiencia personal que tuve
la suerte de vivir cuando visité Grecia con motivo de mi luna de miel; creo que
esto es más enriquecedor, porque desde el punto de vista histórico ya lo ha
hecho muy bien nuestra querida amiga Silvia Aguiar. Por lo tanto, voy a reseñar
lo que vivimos en lo personal al conocer a su gente, a su capital, Atenas, a
sus islas.
Quiero destacar
las similitudes que como pueblos nos unen, con las diferencias de siglos de
vida e historia que nos separan. Al recorrer Atenas, su rambla, su puerto, el
centro, y ante la amabilidad y el calor de su gente, nos sentíamos como en
casa, como en Montevideo.
Voy a destacar
algunas de las bellezas que tiene este país, como por ejemplo sus islas. De
Atenas embarcamos en avión hacia Santorini, una isla con una belleza singular.
Uno tiene varias y diferentes miradas cuando recorre la isla y ve cómo se
diseminaron los poblados blancos sobre la montaña y las playas. Por ejemplo,
Red Beach o Playa Roja ‑llamada así porque se encuentra enclavada en una
montaña roja‑, que es una playa de canto rodado.
Cuando fuimos al sur, a las ruinas de Akrotiri, en
un extremo de la isla nos encontramos con un poblado de casas blancas de
singular belleza ‑como hay en casi todas las islas‑, con flores
entre las mismas. Casi no tengo palabras para expresar lo que apareció ante mi
vista; simplemente digo que todos y cada uno de los paisajes son realmente un
deleite para la vista.
También se puede
hacer deporte, como lo hice en Santorini, en una forma muy peculiar, como
turista, bajando una escalera de 1.500 escalones rumbo al embarcadero para
pasar a la isla volcánica. Habíamos salido en la mañana y cruzado a la isla de
enfrente. Luego caminamos cinco kilómetros para llegar a la cima del volcán ‑había
40 grados, era pleno julio de 1999‑, y otros cinco kilómetros para
volver. Uno siente el aire y la calidez del clima, es una belleza. Uno a veces
se pregunta cómo tuvieron tantos pensadores y tantos poetas, pero cuando está
en la cima de la montaña piensa cómo no ponerse a escribir; realmente, las
palabras salen solas porque uno se enamora del paisaje.
Después nos
fuimos a Oia, que está en el extremo norte. Recorrimos sus calles, sus joyerías
y orfebrerías espectaculares, y fuimos espectadores conmovidos de un atardecer
que, según dicen, es de los más lindos porque el sol demora más en caer.
Nosotros estuvimos cerca de veinte minutos y el sol no terminaba de caer nunca,
iba muy despacito, era un paisaje espectacular. Allí pudimos disfrutar de un
lugar en la cima de la montaña; por un instante me pareció estar en el mirador
de Casa Pueblo, porque es un lugar muy parecido a esta singular construcción
que tenemos en Maldonado; las construcciones en la ladera de la montaña eran
muy similares a las de Casa Pueblo.
Luego nos fuimos
a Ios, donde nos quedamos en una posada frente al puerto; había una vista
magnífica. Recorrimos sus playas, de aguas azules, salpicadas de caracoles
enormes. Nos quedamos maravillados. La verdad es que son unas playas
espectaculares, pero lo más hermoso era la candencia de los restaurantes que
había allí, junto al puertito de pescadores; ir a cenar en ese entorno, lo
mismo que en Paros, era espectacular.
De Ios tengo dos
anécdotas singulares. Como en todas estas islas se preserva muchísimo la
naturaleza, los turistas alquilan bicicletas y motos para pasear, ya que las
distancias en las islas son de 30, 40 ó 50 kilómetros. En Ios vimos la tumba de
Homero. Uno recuerda La Ilíada de cuando estudió Literatura; yo pensaba,
después de lo que me pasó: “¿para qué habré estudiado Literatura?” El hecho es
que se me ocurrió ir a la tumba de Homero. Somos pocos ‑según vi en el
trayecto‑ los corajudos que vamos hasta allí. Subimos la montaña en una
moto y cuando íbamos llegando a la cima se nos apagó la moto. Caminamos como un
kilómetro hasta llegar a la cima, visitamos la tumba de Homero ‑es un
lugar espectacular‑, y desde allí empezamos a ver adónde podíamos ir,
porque la moto no arrancaba, algún problema tenía. Vimos una casita con una
lanchita y pensamos que si era falta de aceite allí nos iban a solucionar el
problema. Fuimos cuesta abajo con la moto por la pendiente de la montaña ‑fueron
tres o cuatro cuadras‑; nos podíamos caer en cualquier momento, pero
llegamos y la gente de allí nos dio aceite, que era lo que le faltaba a la
moto, y pudimos seguir. La verdad es que después anduvimos muy bien y seguimos.
De ahí nos fuimos
a Paros, que, como yo decía, es una isla con una belleza singular en cuanto a
su oferta gastronómica, a su entorno, a esas casas que terminan en el agua, al
puertito de pescadores, a su variada oferta musical ‑la música griega es
encantadora‑, de la cual disfrutamos. Por suerte pudimos ir a varias
discotecas y estar en un lugar que, realmente, es recomendable.
De allí nos
fuimos a Antíparos, una isla muy linda que está enfrente a Paros. Luego, al
regreso, fuimos al Hard Rock de Paros, donde hay guitarras originales de John
Lennon, de Elvis Presley, de Jim Morrison. Es un lugar espectacular.
Después
regresamos a Mykonos, que como dicen los jóvenes es la isla del desbunde: hay
agite corrido en las discotecas, música en las playas, un movimiento
impresionante de gente, de turistas de todo el mundo, sobre todo de jóvenes y
de europeos.
De Mykonos nos fuimos a Delos, y allí vivimos mucho
de lo que es la cultura helénica. Vimos una inscripción en una piedra del año
2000 antes de Cristo, el Templo de Isis, el antiguo centro de ofrenda de los
dioses, las ruinas de Marathi ‑con una impresionante cantera de mármol‑,
la casa de Hermes, el museo de Delos, y la terraza de los leones también. Es
como encontrarse con una parte misma de la historia de la humanidad y tratar de
conocer más la cultura helénica en una forma vivencial, como pocos tienen la
oportunidad de hacerlo.
Allí terminó nuestro paseo por las islas, que
conservan con mucho celo esa parte de la historia.
Evidentemente, luego nos fuimos a Atenas, donde
estuvimos una semana. Recorrimos, por supuesto, el Partenón, el Teatro, sus museos,
el Pireo, el Estadio Olímpico, donde se llevaron a cabo los primeros juegos
olímpicos en el año 1896, de gran significación para la humanidad en cuanto a
la práctica de la sana competencia, exaltando el máximo esfuerzo físico y
mental para dar lo mejor del ser humano.
Una vez más quedé impactado por la variedad de
tiendas y comercios. Siempre, durante el mes que estuvimos, fuimos atendidos
con una calidez y una sencillez característica de un pueblo que está educado
para recibir al visitante. Me atrevería a decir que encontré un pueblo
receptivo y humilde como nuestro querido pueblo uruguayo.
Muchas gracias.
(Aplausos)
SEÑOR PRESIDENTE (E. Pereyra).- Gracias a usted, señor Edil.
Le damos la
palabra al señor Edil Aníbal Gloodtdofsky.
SEÑOR GLOODTDOFSKY.- Gracias, señor Presidente.
Bienvenido, señor
Embajador; bienvenido, señor Presidente de la Colectividad Helénica;
bienvenidos uruguayos todos, porque el cabo de los años y de los procesos
naturales que conducen a la migración hacen que todos terminemos juntos en este
crisol que es nuestro querido país.
Gracias por haber
llegado algún día a estas tierras, y gracias por estos 90 años, porque han sido
años de contribución y forja para la construcción de nuestra patria, de nuestra
República.
La Junta
Departamental de Montevideo votó esta sesión de homenaje al cumplirse 90 años
de la Colectividad Helénica del Uruguay. Indudablemente, la mano y el apoyo del
señor Presidente de la Colectividad, el doctor Alejandro Pantazoglu, han
permitido que la Edila Silvia Aguiar impulsara este encuentro, que tiene como
punto fuerte el reconocimiento a doña Basilia Síkalos de Elefteriou, hija de
Jorge Síkalos y nuera de don Mateo Elefteriou, forjadores de la Colectividad en
los primeros años del siglo pasado.
Doña Basilia: su
presencia en Sala es un homenaje que trasciende a su persona, a aquellos
pioneros y a la propia Colectividad. Contar con usted hoy es saludar a todos
los inmigrantes de todos los rincones del mundo que construyeron esta villa,
muy fiel y reconquistadora, de San Felipe y Santiago, ciudad de Montevideo.
Si hoy el mundo globalizado puede entenderse
haciendo de alguna forma una comparación con el cuerpo humano, entenderíamos
que se parece al sistema nervioso, cuyas células conectadas por miles de
nervios y fibras permiten que todo el cuerpo sea una unidad, atenta a todo lo
que le sucede en tiempo real. Los días en que los griegos llegaron a estas
tierras podían, siguiendo con el ejemplo, asimilarse al sistema circulatorio:
un gran entramado de ríos, mares y océanos a través de los cuales viajaban, al
impulso del viento y del vapor, los barcos cargados de mercaderías, de gente,
de lenguas, de culturas, de historias simples de hombres y mujeres que
perseguían lo que desde Homero y antes han buscado siempre: abrigo, amor, paz y
prosperidad. Y siempre que se habla del mar, se habla de griegos; y siempre que
hay mar, hay griegos.
En una nota de presentación de la Fundación Tsakos,
el capitán Tsakos ‑que la dirige‑ ha definido el mar como el
principal desafío para la nación griega, abriéndole el corazón, azuzándola en
la búsqueda de horizontes libres. Los primeros textos en griego, las epopeyas
homéricas de La Ilíada y La Odisea, son un cúmulo de cuentos y anécdotas
marineras encarnadas por el invencible Ulises; barcos, flotas, vientos buenos y
vientos malos, tormentas y olas, mástiles y velas. Todas ellas son el escenario
por el que este hombre, monumental encarnación del espíritu griego, llevará a
través del tiempo y del espacio el desafío de la superación personal y la
conquista. Y ha sido, también, esa pasión por el mar la que permitió que las
ideas más primitivas de libertad y democracia, nacidas allá, se inyectaran por
el mar y el océano y se repartieran por el torrente circulatorio de la
historia.
Podrá decirse con perspectiva histórica que los
años en que nacía en Uruguay la colectividad griega no eran los peores en la
vida institucional de Grecia, considerando ‑claro está‑ la
tumultuosa naturaleza balcánica. En 1897 había perdido la guerra con Turquía,
pero en 1912 se recuperó, obligando a aquella a entregar buena parte de sus
territorios europeos. Y al final de la Gran Guerra, en 1918, incrementó aun más
sus territorios e influencia en el área.
Pero la gente no vive ni sueña con triunfos
geopolíticos, cuyo costo inevitablemente se mide en sangre y miseria. Luego de
ese triunfal momento, la república y la monarquía se sucederían, generando
inestabilidad y enfrentamientos. Y al igual que con las guerras, la gente no
vive ni sueña con triunfos políticos traumáticos; apenas si festeja una noche.
Mientras esto sucedía en Europa, en este lejano rincón del mundo, un país
pacificado en 1904 ‑con sus partidos consustanciados con la lucha cívica
y con la paz institucional‑ se habría camino. Eran los años en que el
frigorífico y la carne congelada le ganaban al saladero, al ganado criollo y al
tasajo. La lana se consolidaba como el primer rubro de exportación. Con la
Primera Guerra Mundial esta buena situación se convirtió en desbordante
prosperidad. Al amparo de leyes de fomento se instalaría el Frigorífico Swift,
y más tarde el Artigas, que sería comprado por el Armour de Chicago; más
adelante también llegaría el Anglo. Mientras en 1908 éramos un millón de
habitantes, con un 17% de extranjeros y un 83% de criollos, en 1929 pasamos
a 1:700.000; solamente en 1920
ingresaron a Uruguay 180.000 extranjeros, una verdadera oleada inmigratoria que
el país auspiciaba porque lo requería y lo necesitaba para crecer y poder
constituirse en el país que luego fue y que dio abrigo, como dice la canción de
Ana Belén, a tantos extranjeros que venían en búsqueda de hacerse la América.
Esos eran los días del auge modernizador del Gobierno de don José Batlle y
Ordóñez, quien, transformando las estructuras, mirando hacia el mundo,
comprendió que era imperioso impulsar el progreso a través de la presencia de
estas empresas frigoríficas extranjeras que generaron mano de obra y
desarrollo. Era el Uruguay que todos conocemos, el Uruguay de “don Pepe”. En
1912, en un decreto que firmara conjuntamente con su Ministro Eduardo Acevedo,
establece un fondo de $ 10.000 en una cuenta corriente en el Banco
República para descontar los pasajes y los gastos de aquellos obreros
tecnificados que el Uruguay reclamaba y requería ‑como los reclama y los
requiere hoy‑ que vinieran a trabajar aquí, a construir esos
frigoríficos, a construir la prosperidad futura.
En 1919, junto
con Justino Jiménez de Aréchaga, firma otro decreto según el cual se encargaba
a la Inspección de Agricultura y Ganadería velar por la salud de los
inmigrantes, cuidar que los patrones cumplieran con sus contratos y les
pagaran, y cuidar que en los atentados que se pudieren cometer contra ellos el
Estado respondiera por sus bienes y por la salud de los obreros y sus familias.
Era un país de brazos abiertos para todos aquellos que llegaban de una Europa
que salía de la guerra, que salía del hambre.
Al cabo de estos
años la colectividad griega es también parte del Uruguay, con una institución
que tiene hoy 500 socios y con 300 familias dispersas por toda la ciudad de
Montevideo, pero siempre manteniendo el corazón en el barrio del Cerro, cuya
calle principal recuerda precisamente a Grecia.
Cabe destacar también la hermosa iglesia de San
Nicolás, ubicada en la sede de la calle 19 de Abril ‑edificio que se está
restaurando, y ojalá esa obra termine muy pronto‑, que fue donación de don Constantino Konialidis y de su hijo
Nicolás.
La presencia de los griegos estuvo vinculada con la
prosperidad, con la vida económica y comercial del país, con la compañía
comercial greco‑uruguaya, con el astillero Tsakos y con tantas otras
cosas.
No podemos dejar de mencionar la contribución que
significó la participación del Cónsul general Pantazoglu ‑cuyo hijo está
aquí presente‑, para el prestigio del Uruguay en el mundo. Él ocupó ese
cargo durante 55 años e intervino para que Uruguay decidiera en Naciones Unidas
su voto ‑uno de los primeros‑ a favor de la autodeterminación del
pueblo chipriota.
Todo ello contribuyó a que los griegos, como decíamos
al comienzo, fueran parte ‑y lo son aún hoy‑ de la historia viva de
la República y de nuestra ciudad de Montevideo.
Quiero concluir, señor Presidente, haciendo
especial hincapié en el homenaje que se está brindando a quienes hoy
representan, de alguna forma, el espíritu de aquellos que llegaron y bajaron
del barco; de aquellos que durante la travesía, como cuenta un testigo en un
libro que me obsequiara mi cuñada Aliki Issaris, sufrieron mil penurias. Dice:
“Esta mañana temprano, fuerte lluvia. Después de las ocho, gran calor. Por la
pésima calidad de nuestra comida, hace tiempo que las quejas se hacen oír
diariamente. Se nos dijo que los agentes de El Havre compran carne en mal
estado en Montevideo, la salan y la conservan, a veces por más de un año, para
los emigrantes. La galleta dura y mohosa es de la peor calidad y en Francia
sólo se utiliza para los penados (…) Pero qué podemos hacer ¡en nombre de
Dios!, si no tener paciencia y quejarnos en Montevideo (…)”. Quienes así
viajaban llegaron con el mejor espíritu a este país.
Quiero entonces rendir homenaje a doña Basilia, no
sólo porque en su condición de griega en esta oportunidad también lo merece; no
solamente por sus hermosos 80 años; no solamente por todo lo que nos ha dado,
sino por ser una mujer que ha convivido y ha vivido junto a estos verdaderos
constructores; que ha traído en su corazón el viento salado del mar Egeo, que
ha traído en su memoria el sol, que ha traído en su memoria la vida de esa rica
tierra que es Grecia.
También quiero decirle
‑concluyo, señor Presidente‑ que todos esos recuerdos, que toda esa
memoria viva es la que amanece todos los días de mi vida
junto a mí, y que cada día veo brillar más en los ojos de mis propias hijas.
Gracias.
(Aplausos)
SEÑOR PRESIDENTE (E. Pereyra).-
Tiene la palabra el señor Edil Dari Mendiondo.
SEÑOR MENDIONDO.- Quiero dejar una constancia en este homenaje.
Recuerdo a personalidades griegas, de la colectividad
griega. Recuerdo a un hombre con quien compartí años de militancia, que fue conocido
como “el Griego” en el seno del Ejército, el coronel Oscar Petrides.
Hoy, con todas las reivindicaciones que ha habido para todos los militares que
estuvieron presos en Punta Carretas por negarse a torturar en la dictadura,
sería general. Con el coronel Oscar Petrides compartimos muchos años de
militancia, de lucha por la democracia. Disfrutamos de sus artículos de
análisis de situación internacional en el diario “Acción” ‑era íntimo
amigo de Luis Batlle Berres‑, que firmaba con el seudónimo de “Belisario”. También escribió durante muchos años en
el semanario “Marcha” y disfrutó de la amistad del doctor Carlos Quijano.
El coronel Oscar
Petrides, coronel de caballería, fue realmente un patriota que nos honró a
todos con su amistad y su compañerismo. Por lo tanto, quiero saludar a este
griego ilustre que fue siempre considerado, además de
uruguayo, un griego más en el Uruguay.
Gracias,
Presidente.
(Aplausos)
SEÑOR PRESIDENTE (E. Pereyra).-
Gracias a usted, señor Edil.
A continuación,
en nombre de la Junta Departamental de Montevideo y de los vecinos de
Montevideo, le haremos entrega de una placa conmemorativa al señor Nicolaos
Dictakis, Embajador de Grecia.
(Así se efectúa)
(Aplausos)
______Tiene la palabra el señor Presidente de la Colectividad
Helénica, el profesor Alejandro Pantazoglu.
SEÑOR PANTAZOGLU.- Señor Presidente de la Junta Departamental de
Montevideo; señores Ediles departamentales; señor Embajador de Grecia; señor
cura párroco de nuestra iglesia San Nicolás; señoras titulares de dos
instituciones culturales hermanas, el Lykio Ellinidon y la Fundación María
Tsakos; queridos compatriotas, griegos y uruguayos, amigos todos: es con
profunda emoción que hago uso de la palabra en mi calidad de Presidente de la
Colectividad Helénica, que en su 90º aniversario recibe este homenaje del
órgano legislativo del departamento más gravitante del país.
Agradezco desde
ya a la Edila Silvia Aguiar, autora de la iniciativa, la cual sabemos contó con
el inmediato apoyo de todos los sectores políticos aquí representados.
Nuestra
Colectividad, como es sabido, se fundó en 1916, y obtuvo su personería jurídica
en agosto de ese año. Su primera sede social estuvo en la calle Pérez
Castellanos 1546, esquina Piedras, obviamente en la zona portuaria.
Los griegos son
marinos ‑como decía muy bien el Edil que habló por el Partido Colorado‑
por definición, y su espíritu intrépido y aventurero los llevó por todos los
mares del mundo. Sin embargo, su relación con el Uruguay ‑o con lo que en
aquel entonces era la Banda Oriental‑ se remonta a mucho antes. Entre los
primeros habitantes y pobladores de Montevideo se encontraba un tal Mitrópulos ‑que
después fue cambiado a Mitre‑, apellido de los más antiguos del Río de la
Plata. Tuvo una actuación más destacada en Buenos Aires, pero hubo un ramal
familiar uruguayo vigente hasta hace pocas décadas.
Tampoco olvidemos
que uno de los primeros saladeros establecidos en el Uruguay ‑en el pre
Uruguay‑ fue el Casablanca, en Paysandú, fundado por el griego Línaros,
cuyo nombre todavía figura en los ruinosos muros de ese frigorífico.
No debemos
olvidar que el baqueano ‑palabra griega‑ que cruzó a los 33
Orientales a través del Río Uruguay, sorteando a la flota brasilera, era el
griego Varkás, de la isla de Hydra. Sobre todo, tengamos en cuenta que nuestros
primeros pobladores ‑y hablo del Río de la Plata en general‑
durante los siglos XVII y XVIII en su casi totalidad provenían del sur de
España y de las Islas Canarias. En el sur de España ‑en realidad, en toda
la cuenca del Mediterráneo‑ se habló la lengua griega durante siglos, y
en algunos lugares del sur de Italia todavía hoy se habla. Me refiero a
ciudades como Marsella, Barcelona, Elche, Cádiz, ciudades griegas o
helenizadas. Cádiz fue fundada por los fenicios, pero fue griega al poco
tiempo. Como bien dice Roberto Larrea, habría que investigar qué bagaje
lingüístico griego traían los canarios, pero ese tema no es para hoy.
Lo cierto es que a fines del siglo XIX y a
principios del XX ya había numerosas familias griegas en Montevideo. Habían
venido huyendo de persecuciones, de guerras y de angustias económicas. Y como
muy bien se preguntaban la Edila Silva Aguiar y el Edil Aníbal Gloodtdofsky,
¿qué encontraron en el Uruguay de esa época? Encontraron generosidad,
hospitalidad, una mano abierta y fraterna, un clima de libertad y tolerancia, y
entonces se quedaron. Trajeron familias o las fundaron acá; después vendrían
otros.
También encontraron otra cosa en el Uruguay de
1916, y yo diría que hasta la fecha: encontraron admiración y simpatía por
venir de una tierra que había protagonizado la gloriosa civilización helénica.
Habían llegado a uno de los países más filhelenos de América Latina, quizá del
mundo. Recuerden que Montevideo ostentaba orgullosa su denominación de la
“Atenas del Plata” por su alto nivel educacional y cultural.
Los años pasaron, y la actividad de los
frigoríficos en la Villa del Cerro ‑antes llamada con el nombre griego de
Cosmópolis por la diversidad de nacionalidades de quienes la habitaban‑
fue llevando al grueso de la colonia griega a afincarse ahí. En 1930, por
iniciativa de nuestro primer Cónsul, don Manuel Tangakis, el Municipio de
Montevideo designó con el nombre de Grecia a la principal calle de la Villa. Y
entre 1933 y 1935, con el esfuerzo de todos los griegos del Uruguay y de muchos
marinos griegos que periódicamente tocaban el Puerto de Montevideo, se compró
el terreno y se construyó la primera sede propia en la calle Grecia 3785, local
que todavía pertenece a nuestra institución. Allí se empezaron a impartir las
primeras clases de griego, a cargo de la recordada maestra Arguiró Xilás.
Pasaron más años, y en 1952 nuestro gran
benefactor, Constantino Konialidis ‑que había llegado al Uruguay en 1936
y había fundado una empresa comercial en Montevideo‑ construye nuestra
primera iglesia ‑que se llamaría San Nicolás‑, casa parroquial y
nueva sede social, que sería ampliada y reformada a su costo en los años
venideros. Su primo Aristóteles Onassis dona el terreno y el aula de la escuela.
Entonces nuestra Colectividad se muda al Prado ‑Avenida 19 de Abril 3366‑
y comienza una nueva era institucional. Años después otras donaciones, como las
de Savaídis y Varelias, enriquecían nuestro patrimonio, pero, queridos amigos,
el verdadero enriquecimiento de nuestro patrimonio en estos 90 años fue el
esfuerzo y el patriotismo de aquellos que anónimamente, y muchas veces
sorteando dificultades económicas, brindaron su solidaridad y trabajo
comunitario. Nuestro recuerdo y agradecimiento para todos ellos.
Nosotros, señoras
y señores, somos un pueblo heredero de una gran civilización que nos marca y
nos responsabiliza. Por algo nuestros padres y abuelos, al redactar los
primeros estatutos de la Colectividad, pusieron el literal d) del artículo 1º,
que dice: “Asimismo, la Colectividad propenderá a la divulgación y conocimiento
de la cultura griega clásica y moderna en el Uruguay y prestará además su
colaboración a las autoridades docentes y culturales del país”.
¿A qué se debe la fascinación que la cultura griega
sigue ejerciendo sobre el mundo? Yo creo que una de las razones, siguiendo a
Jacqueline de Romilly, es la continua búsqueda de crear valores universales y
atemporales. Sentimos el dolor de Príamo por la muerte de su hijo Héctor y su
cadáver insepulto, y nos conmueve cuando va a tirarse a los pies de Aquiles ‑quien
ha matado a Héctor‑ para pedirle que le permita llevarse el cuerpo para
rendirle las honras fúnebres. Príamo, llorando, le dice a Aquiles que piense en
su propio padre, lo cual provoca a su vez el llanto de éste y el triunfo de la
piedad humana. Esta escena ocurrió hace 3.000 años ‑si es que ocurrió y
si la guerra de Troya fue verdad‑, pero es como si hubiera ocurrido ayer
u hoy, es universal, no tiene tiempo.
Permítanme referirme brevemente a algunos puntos
para destacar algo de la cultura helénica. ¿Qué aporta Grecia? Aporta una
lengua o idioma, para decirlo en griego, que se viene hablando en forma
ininterrumpida desde hace más de 3.800 años, con todas las variantes
dialectales y los cambios naturales que toda lengua viva sufre. Esta lengua es
tan rica, poderosa y viva, que toda disciplina, ciencia, invención o
descubrimiento moderno recurre al idioma griego para su designación: desde
teléfono hasta telescopio, desde eutanasia hasta metabolismo, desde agroquímica
hasta cibernética, y podríamos seguir toda la tarde. Es la lengua de los
Evangelios ‑que quiere decir “la buena noticia, la buena nueva”‑ y,
por lo tanto, la lengua original del cristianismo. Cristo, iglesia, apostólico,
católico, presbítero, obispo, arzobispo, etcétera; sin el idioma griego no hay
cristianismo. Hace poco leí que la Iglesia Católica Romana habla de volver a
los orígenes, a utilizar el latín. Eso no es volver a los orígenes, porque el
latín es posterior. Durante cientos de años el único idioma que tuvo la Iglesia
fue el griego, pero es un comentario al margen.
La influencia del griego en el castellano es mucho
mayor de lo que generalmente se sabe o admite, y su influencia en la versión
criolla del castellano que hablamos en el Río de la Plata es aún mayor.
Reconocemos, por supuesto, democracia, atmósfera y psicología ‑esas las
sabemos todos‑, pero también están chorizo, campo, pago ‑en la
acepción de “lugar de”, “origen de”, por ejemplo, cuando se dice: “de los pagos
de Tacuarembó”; el Areópago, el lugar más antiguo de Atenas, hogar del dios
Ares‑, afanar ‑robar, es lo que está oscuro, eliminar, desaparecer‑,
criollo, gringo, payador o milonga, por ejemplo.
Los griegos
fueron y son enamorados de las palabras. Como dije, hay una tendencia a lo
universal, pero dejándolo por escrito.
Dice Jacqueline
de Romilly: “Sin duda, muchos pueblos habrían admitido que una hermana debe enterrar a su hermano muerto.
Pero esos pueblos no escribieron Antígona”. Los griegos sí.
Pequeñas
pinceladas, les pido disculpas por ello…
Año 776 A.C., los Juegos Olímpicos: el deporte
organizado por primera vez; la lucha, la pugna entre dos hombres, y el que
pierde no termina muerto. Canalizar la agresividad natural del ser humano en una
competencia deportiva en la que el que pierde no termina muerto, es un avance
enorme en la cualidad del ser humano. El que gana, ¿qué gana? Gana el honor, la
corona de laurel o de olivo, el ser cantado por Píndaro, y nada más. Y no es
porque los griegos no fueran terribles guerreros. Ahí está el heroísmo de
Maratón, de Salamina y de Termópilas. Pero el hecho de que se suspendieran las
guerras en los meses previos a las competencias, a los Juegos Olímpicos o a los
Juegos Píticos o de Nemea, indica un avance cualitativo en el alma humana; la
tregua olímpica.
En el siglo VI,
en la ciudad comercial de Jonia, en la costa de Asia Menor ‑que hoy es Turquía, pero que
antes era parte de Grecia‑, en la ciudad de Mileto ‑una ciudad rica‑,
un hombre sentado debajo de un plátano…, tiene ocio. Es un comerciante
próspero, pero eso no le alcanza. Entonces, se pone a pensar qué es el hombre,
de dónde viene, cuál es el origen de las cosas; empieza a especular. Ahí nace
la filosofía. No alcanza con el comercio próspero ‑los fenicios eran comerciantes prósperos, pero no
inventaron la filosofía‑, hay algo más en el hombre... Nace la Escuela
Jónica; Tales, Tales de Mileto era el hombre que estaba sentado debajo del
plátano. Luego viene Anaxímenes y después los grandes: Sócrates, Platón,
Aristóteles, o los menos conocidos como Demócrito, que fue nada más ni nada
menos que quien calculó por intuición que las cosas estaban compuestas por
pequeños átomos que no se podían ver; recién se pudieron ver por microscopio
dos mil años después o más.
También en el
siglo V nace en Atenas el concepto de que las mayorías tienen que predominar
sobre las minorías, que es más difícil que se equivoquen los más que los menos;
y si se equivocan, mala suerte, pero por lo menos fueron los más. ¿Cuál es la
condición para decidir? Nada más que la de ser ciudadano; ser elegido y elegir.
Como dice Eurípides en una obra de teatro, una tragedia que hace referencia a
la democracia de Pericles: “¿Quién quiere tomar la palabra?” Esa es la mejor
definición de la democracia. No todos la tomaban ‑y algunos hablaban
mejor que otros‑, pero el hecho de que pudieran hacerlo ya es un progreso
enorme en la cualidad humana; y todavía no se ha inventado un sistema mejor que
una democracia. La tolerancia viene además implícita. El concepto de derechos
humanos nace en Grecia. Había en Atenas un altar erigido al dios desconocido,
porque podía haber otros dioses dignos de ser adorados. Y a ese altar va San
Pablo a predicar y les recuerda a los atenienses: “Yo traigo al Dios desconocido
que se llama Cristo”.
Los griegos
inventan el teatro, la forma de canalizar las emociones del alma humana a
través de la actuación. Tea, ver: el teatro es el lugar donde se ve cómo se
canalizan las emociones humanas. Ahí nacen la tragedia y, por supuesto, la
comedia, ambas invenciones griegas.
Digamos algo
sobre Alejandro el Magno, conquistador, sí ‑por supuesto‑, pero
también el primer globalizador a través de la cultura en la historia. Fundó
Alejandría, la ciudad del famoso Faro, una de las siete maravillas del mundo;
pero ciudad que fue también faro cultural por lo que significó la Biblioteca de
Alejandría, que concentraba todos los conocimientos humanos en papiros, con dos
copias; se confiscaban todos los documentos, se hacía una copia, la cual se
entregaba, y se reservaba el original. Su destrucción en el siglo V D.C.
fue una tragedia, tragedia de la cual la humanidad no se ha recuperado todavía.
Eratóstenes, director de esa Biblioteca, calculó en el siglo III A.C. la
circunferencia de la Tierra y le erró por pocos metros. Quiere decir que en el
siglo III A.C. los griegos sabían que la Tierra era redonda; es más,
sabían cuánto medía la circunferencia. De ahí el atraso, y la sorpresa de Colón
mil y pico de años después, ya que se había perdido ese conocimiento con la
destrucción de la Biblioteca de Alejandría.
Luego llegamos a
la Grecia medieval: el Imperio Bizantino. Durante mil años Constantinopla fue
la gran ciudad del mundo; un imperio básicamente griego, de cultura griega, de
lengua griega. La primera ciudad del mundo con un millón de habitantes. Posee
una gran catedral: Santa Sofía, con sus mosaicos y su cúpula. Esta catedral fue
erigida no en honor de una santa, una mujer, sino en honor a la santa
sabiduría, como concepto. Los arquitectos de esa gran catedral fueron Antemio e
Isidoro, quienes, por supuesto, eran griegos.
Occidente existe
hoy gracias a Bizancio, gracias al Imperio Bizantino, que durante mil años
contuvo todas las invasiones que venían de Oriente y permitió que Occidente se
recuperara en ese gran fenómeno cultural que fue el Renacimiento. Teodoro de
Gaza, Georgios Trapezuntios, Ioannis Argyrópoulos, Calcocondilis, Guiorgos
Hermónimos de Esparta, Ioannis Andrónicos Kállistos, Constantino Láscaris y
Ioannis Láscaris son sólo algunos de los personajes que durante el Renacimiento
fueron desde Constantinopla a enseñar a Italia, Francia, Alemania e Inglaterra.
En cuanto a la
revolución por la independencia griega en 1821, solamente les quiero decir
esto: ocurrió al mismo tiempo que la lucha de los orientales por la
independencia acá, en la Banda Oriental, contra el imperio brasileño. La lucha
de los griegos por la independencia, desarrollada entre 1821 y 1828, significó
la caída de la Santa Alianza como órgano represor en toda Europa y el
nacimiento del concepto moderno de opinión pública, porque los pueblos de
Europa ‑sin telégrafo todavía y, por supuesto, sin televisión ni nada de
eso‑ empezaban a recibir las noticias y a simpatizar con la lucha de los
griegos contra el terrible imperio turco otomano, ya que veían que la causa de
los griegos, que otra vez luchaban por la libertad, era la causa de ellos. Hay
una sola libertad.
28 de octubre de
1940 ‑para terminar con la parte de la Grecia contemporánea‑: el ¡Oxi!, el ¡No! al ultimátum de Mussolini,
al fascismo. Esto lo vamos a recordar dentro de pocos días. ¿Por qué es
importante eso, para los griegos, por supuesto, pero también para el mundo?
Porque de alguna forma predefine el resultado de la Segunda Guerra Mundial. La
resistencia y el contraataque de los griegos a las fuerzas fascistas de
Mussolini hacen que Hitler tenga que demorar un mes y medio su invasión a la
Unión Soviética para tomar los Balcanes, como tenía previsto; y ese mes y medio
fue fatal, porque después, además de la resistencia soviética, se encontró con
el invierno prematuro de los rusos.
Permítaseme un
pequeño recuerdo. En 1944, cuando se liberó Atenas ‑después de cuatro
años terribles, ya que Grecia pierde el 10% de la población en la Segunda
Guerra Mundial‑, acá, en Montevideo, la gente salió espontáneamente en
manifestación a la calle para saludar la liberación de Atenas. Y el entonces
Cónsul de Grecia en el Uruguay, mi padre, don Gregorio Pantazoglu, habló en la
Asamblea General, en el Palacio Legislativo, y agradeció emocionado, diciendo:
“Hace apenas dos semanas, en una vibrante y espontánea manifestación, la
juventud estudiantil y el pueblo montevideano recorrían las principales calles
de la ciudad vivando entusiastamente a Grecia, con motivo de la liberación de
Atenas”. Eso decía el Cónsul de Grecia, agradeciendo al pueblo de Montevideo,
en 1944.
¿Qué nos ofrece la Grecia de hoy, queridos amigos?
Nos ofrece científicos como Papanicolau, el gran médico que toda mujer, por
supuesto, ha sentido nombrar más de una vez; escritores como Kazantzakis,
Seferis, Elytis ‑que fue Premio Nobel‑; músicos como Jatzidakis,
Theodorakis o Vangelis; actrices como Katina Paxinou, Melina Merkouri o Irene
Papas.
También ofreció y realizó los mejores Juegos
Olímpicos de la época moderna, y lo logró pese a la sistemática campaña en su
contra llevada a cabo vaya a saber por qué oscuros intereses económicos. Pero
fueron los mejores y los más bellos. Ofrece volver al “Camino de Paros”, del
que hablaba el gran helenista uruguayo José Enrique Rodó ‑“la vuelta a la
luminosidad, a la cultura helénica”, en el sentido figurado, porque el mármol
de Paros es el más luminoso, y basta con ver la estatua de Hermes de
Praxíteles, en la ciudad de Olimpia‑, y dejarnos de tantos fundamentalismos,
guerras, crueldades y estupideces sistematizadas.
Dice Kazantzakis en “Carta al Greco”: “Todas las
cosas en Grecia, las montañas, los ríos, los mares, las llanuras se humanizan y
hablan al hombre un lenguaje casi humano. No lo aplastan, no lo atormentan; se
hacen sus amigas y sus colaboradoras. El grito turbio, mal decantado, de
Oriente, al pasar por la luz de Grecia, se fija, se humaniza, se convierte en
Palabra. Grecia es el filtro que depura con gran esfuerzo la bestia y la
transforma en hombre, como transforma la servidumbre oriental en libertad y la
embriaguez bárbara en pensamiento sobrio. Dar un rostro a lo que no tenía
rostro, una medida a lo que no la tenía, realizando el equilibrio de las
fuerzas ciegas que se entrechocaban, tal fue la misión de esta tierra y de este
mar tan atormentados que se llama Grecia”.
Pido perdón por la extensión de estas palabras. Soy
culpable, ante los dioses del Olimpo y ante ustedes, de eso. Los que me
escuchan en la “Hora Cultural Helénica”, programa que ya tiene 33 años, saben
que termino la audición con una frase de Isócrates ‑el gran orador
ateniense del siglo IV antes de Cristo‑ cuando elogia a Atenas en el
Panegírico diciendo: “…por haber hecho que el nombre de Grecia no sea ya el de
una raza, sino el de una forma de pensar, y que se dé el nombre de ‘griegos’ a
los que adoptan nuestra educación, y no solamente a los que tienen el mismo
origen que nosotros”. Gracias a los oyentes de la “Hora Cultural Helénica”, a
los griegos y a los no griegos, pero griegos al fin, a los que van a nuestras
fiestas en la Colectividad y vibran con nosotros, a los cientos y cientos de
uruguayos helenizados que aprenden griego en la Fundación María Tsakos, por
ejemplo.
Gracias, entonces, a todos los griegos que están
acá hoy presentes; griegos por el intelecto y por el espíritu.
Muchas gracias.
(Aplausos)
SEÑOR PRESIDENTE (E. Pereyra).- A continuación, le damos la
palabra al Embajador de Grecia, señor Nicolaos Dictakis.
SEÑOR EMBAJADOR DE GRECIA (Nicolaos Dictakis).- Señor Presidente,
señoras y señores Ediles de la Junta Departamental de Montevideo, señor
Presidente de la Colectividad Helénica, amigos y amigas: es una honra muy
especial para Grecia este acto solemne que se realiza en el día de hoy, por
varias razones. En primer lugar, porque la colectividad helénica está vinculada
a raíces muy profundas del Uruguay que se remontan a los tiempos de la lucha de
este país por la independencia. Esta colectividad, que creció con el tiempo,
fue recibida con mucho cariño por este país, y cuenta con mucho amor y respaldo
para poder entregar a la sociedad uruguaya y continuar la vida con sueños en el
futuro y en la prosperidad.
Es verdad que
esta colectividad encontró desde el inicio muchas dificultades como
inmigrantes; pero por otro lado encontró un país muy avanzado para el mundo
entero, no sólo para América Latina, en las ideas, en los valores humanos; un
país no sólo avanzado en palabras, sino en actos. Eso ayudó mucho para que la
colectividad se integrara.
Para nosotros esta es una hora muy especial, porque
tanto Grecia como Uruguay son países pequeños, pero con sueños y objetivos muy
altos.
Todo lo que tenemos acá y todo lo que los griegos
tienen en Grecia no fue regalado por nadie; nuestros antecesores y nosotros
mismos lo ganamos con mucho trabajo, con mucho sudor y, a veces, con la sangre,
y estamos orgullosos por eso.
Espero que esta
colectividad, que ahora es una parte absolutamente integrada al Uruguay,
continúe ganando fuerzas con el respaldo de este país, de este pueblo, y
también ofreciendo sus fuerzas para salir siempre adelante.
Los griegos acá
tienen una muy larga historia; ellos consiguieron colocar una pequeña piedra
para dar forma al rostro de este país llamado Uruguay.
Finalmente, creo
que somos dos pueblos muy orgullosos de tener el derecho de levantar la cabeza ‑se
puede decir‑, de mirar el cielo, de mirarnos a los ojos como seres
humanos libres y no bajando la cabeza a la tierra como esclavos.
Muchas gracias
por este acto que ustedes nos ofrecieron.
(Aplausos)
SEÑOR PRESIDENTE (E. Pereyra).- Para finalizar este acto, la
señora Edila Silvia Aguiar hará entrega de un presente a la señora Basilia
Síkalos de Elefteriou. .
(Aplausos)
SEÑOR PRESIDENTE (E. Pereyra).- La Junta Departamental de
Montevideo agradece a todos la presencia.
Se levanta la sesión.
(Es la hora 17:19)